Este 24 de agosto, la leyenda del humor argentino cumpliría 93 años y una de nuestras redactoras le rinde homenaje a través de esta nota en la que cuenta su historia con él y cómo marcó su vínculo con su familia.
“Éramos tan pobres”, “Adianchi”, “Y, si no me tienen fe”, “Siempre que llovió, paró”. Escribo estas frases y, casi de manera automática, mi mente evoca escenas de mi infancia en las que mi familia se hacía eco de estos dichos en diferentes circunstancias. Recuerdo que, en mi inocencia, yo pensaba que esas frases eran simplemente ocurrencias graciosas de mis abuelos y mis padres. Por aquel entonces, no sabía que detrás de esos dichos había alguien más. “No, eso no lo inventamos nosotros; esas son frases que decía ‘El Negro’”. Esa fue la primera vez que escuché hablar sobre Alberto Olmedo.
Este 24 de agosto, Alberto Olmedo cumpliría 93 años y escribir sobre él también es, de alguna manera, escribir sobre mi historia. Yo no vivía cuando El Negro hacía cine y televisión; lo conocí mucho después. En casa, él nunca fue simplemente Alberto Olmedo. Era “El Negro”, dicho con un afecto que solo se destina a un ser querido. Sus frases aparecían de pronto en nuestras conversaciones familiares, aunque su presencia en nuestros encuentros iba más allá: el Negro era una visita recurrente en casa, pero también un integrante más de la familia.
Como si volviera en el tiempo, recuerdo las navidades junto a mis abuelos. Mi abuelo en el patio de atrás, con la parrilla encendida, preparando el asado; mi mamá y mi abuela en la cocina, organizando las fuentes con el pollo en escabeche, el vitel toné y todos esos platos típicos que se comparten en las fiestas; y nosotros —mi hermano y yo— ayudando a preparar la mesa mientras buscábamos qué mirar en la tele hasta que llegara la hora de almorzar. “Pongan Volver o Canal 13 a ver si está ‘El Negro’”, nos decía alguien de mi familia desde la cocina.
En mi casa, “El Negro” siempre estaba presente: en las fiestas, en las tardes de domingo, cuando algún canal pasaba sus películas. Se repetía la misma secuencia: cambiar una y otra vez de canal en la televisión buscando algo que ver y, de pronto, la risa. “Uy, dejalo al Negro; así nos reímos un rato”. Fuera con alguna de sus películas o en sus sketches de No Toca Botón junto a Javier Portales, cada vez que “El Negro Olmedo” entraba en casa, de su mano venía la alegría y, en mi caso, aunque en ese entonces no entendía muy bien por qué los adultos que me rodeaban se divertían tanto con ese señor que aparecía en la televisión, ver cómo todo se transformaba cuando “El Negro” llegaba me hacía quererlo sin conocerlo.
A lo largo de los años, mi cariño y el de mi familia por el Negro se mantuvieron intactos. Cada vez que lo encontrábamos en la televisión, se escuchaba la frase casi convertida en un mandato: “Dejalo al Negro, así nos reímos un rato”. Con el tiempo, descubrí que la magia detrás de Olmedo no estaba solo en traer la risa a mi casa. El Negro, “El Rosarigasino”, el hombre que nació en el barrio de Pichincha en Santa Fe, se había adueñado de la risa cotidiana de un país que lo abrazó como familia. Sus frases, sus personajes, su picardía y su extraordinario talento para transformar la tristeza en alegría fueron el escenario para que el Negro supiera trascender su época y ser parte del corazón y de la memoria de su pueblo.
Hace un tiempo y sin ninguna explicación, el Negro apareció en mi mente y empecé a buscarlo en Internet. Las plataformas de video me trajeron al Negro con sus sketches y con esa joya de nuestro patrimonio cultural que es “Álvarez y Borges”, junto a su compañero eterno, Javier Portales. Volver a verlo fue especial. De alguna forma, fue volver a mi infancia, a mis recuerdos de las navidades felices con mi mamá y mis abuelos y a esas tardes de domingo buscando qué ver en la televisión. Sin embargo, hoy se suma un condimento especial. Hoy soy yo la adulta, y entiendo las humoradas del Negro y me río con él; entiendo por qué la alegría se dibujaba en los rostros de mi familia cada vez que lo veían en la televisión. También entiendo que esa risa hoy me pertenece porque, cuando todo se pone difícil, me encuentro diciéndome a mí misma: “Ponelo al Negro, así por lo menos me río un rato”.
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