Munro: un chofer llegó drogado a manejar y los padres frenaron tragedia

Un conductor que debía trasladar a estudiantes rumbo a Cariló dio positivo en drogas y se negó primero al test. Los padres detectaron las señales, frenaron el viaje y la policía intervino para evitar que lo agredieran.

Región 25/11/2025
NOTA

En Munro, un viaje de egresados estuvo a un paso de convertirse en una historia negra. No fue por un desperfecto mecánico ni por un control vial sorpresa. Fue porque el chofer que debía llevar a un micro lleno de adolescentes rumbo a la Costa llegó drogado. La alarma no la dio ningún operativo oficial. La dieron los padres, esos que conocen cada gesto de sus hijos y, sobre todo, cada gesto extraño de un adulto que no está en control de sí mismo.

 

La escena en la escuela y el momento 

El operativo empezó sin protocolo, con un murmullo inquieto entre las dos escuelas que compartían salida. En la puerta del colegio Almafuerte, entre Hernández y Fleming, los padres vieron lo que la empresa no vio o prefirió no mirar. El chofer, Claudio Aranda, 29 años, no hablaba normal, no caminaba normal, no actuaba normal. Las madres se miraron entre sí, esa mirada de barrio que tiene la intuición más fina que cualquier detector electrónico.

Una de ellas fue clara después: dijo que el micro había tomado la colectora de la Panamericana como si esquivara controles. Y cuando las dudas se volvieron certezas, exigieron un test de alcoholemia. Aranda se negó. Ahí la preocupación se convirtió en peligro inminente.

Los agentes de la Comisaría tercera de Vicente López llegaron por pedido directo de los padres. Tomaron control de la situación, identificaron al chofer y, ya sin margen, lo sometieron al test de drogas. Hubo silencio en el grupo de familias mientras se esperaba el resultado. Cuando el examen marcó positivo en cocaína y marihuana, el aire se puso tenso de inmediato. Los padres quisieron ir encima de él. La policía intervino para evitar que la escena derivara en agresión.

Con el conductor apartado, la empresa intentó salvar el viaje. Mandó otro chofer. Pero el reemplazo no tenía las horas de descanso reglamentarias. Los padres, que ya venían de frenar una situación grave, no iban a aceptar otra irresponsabilidad encubierta. Hubo que mandar un tercer chofer. El micro terminó saliendo horas más tarde, con adolescentes cansados y familias aún temblando de bronca y alivio.

Ese retraso evitó un posible desastre en la ruta. Lo saben todos los que alguna vez viajaron de noche hacia la Costa: un chofer sin dormir o bajo sustancias convierte la ruta en una ruleta rusa.

Cuando el Estado llega tarde 

El caso deja preguntas que incomodan. ¿Cómo llegó a la puerta de un colegio alguien que debía manejar un micro escolar bajo efectos de drogas? ¿Qué controles fallaron? ¿Qué responsabilidad tiene la empresa que envió a un reemplazo sin descanso? ¿Cuántos viajes se hacen así sin que nadie pueda detectarlo?

En el conurbano, la respuesta suele repetirse: el Estado aparece después del hecho, cuando la comunidad ya apagó el primer incendio. Esta vez fueron los padres los que sostuvieron la línea entre un viaje de egresados y un titular trágico.

No hubo violencia, no hubo vuelco, no hubo víctimas. Pero hubo algo igual de grave: un sistema que deja en manos del azar, o del olfato de las familias, la seguridad de 40 pibes que estaban empezando una de las noches más importantes de su vida escolar.

El caso no es excepcional. Es un síntoma. Los controles dependen más de la voluntad circunstancial que de la norma. Y cuando los mecanismos fallan, lo que funciona es el instinto colectivo: madres y padres que no dejan pasar una señal rara, policías que contienen antes de que la bronca estalle y un grupo de chicos que aprendió temprano que a veces la adultez está más rota de lo que aparenta.

El viaje salió. Llegaron a destino. Habrá fotos, arena, risas y recuerdos. Pero también quedará esta marca: los adultos tuvieron que hacer de barrera para que un micro lleno de adolescentes no quedara en manos de alguien que no podía dominar su propio cuerpo. En la ruta, como en la vida, la diferencia entre un viaje y una tragedia suele ser quién está dispuesto a mirar donde otros eligen no mirar.

 

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