De cada despido formal nacen dos informales en la Era Milei

En un año se perdieron casi 200 mil empleos privados registrados y crecieron 357 mil puestos informales. La estabilidad financiera convive con una economía real que no despega y una advertencia que incomoda incluso al propio universo liberal: la estanflación ya es parte del paisaje.
Actualidad18/02/2026
NOTA

Empleo en rojo

 

Hay un dato que no necesita interpretación creativa, sólo lectura política. Desde la asunción de Javier Milei se destruyeron 193.590 empleos privados registrados. En el mismo período, el trabajo informal sumó 357.000 personas. La matemática es brutal: por cada puesto formal que cayó, casi dos argentinos aterrizaron en la economía en negro o en el autoemprendimiento precario.

Fuera del debate técnico sobre la Ley de Modernización Laboral, hay 6 millones de trabajadores que ya están fuera del sistema y 11 millones registrados que miran el tablero esperando entender si las nuevas reglas les mejorarán la vida o simplemente redefinirán el costo de su despido. La discusión parlamentaria se mueve en términos jurídicos. La realidad laboral se mueve en supervivencia.

 

Del recibo de sueldo al monotributo forzado

La destrucción de empleo formal no quedó en el vacío. Se transformó en informalidad. El trabajo sin aportes ni estabilidad ya representa el 44,2 por ciento de los ocupados. Es la economía paralela que sostiene el consumo mínimo y paga en efectivo lo que antes tenía obra social y aguinaldo.

En dos años cerraron cerca de 22.000 empresas. Las que sobrevivieron ajustaron planteles, aumentaron horas trabajadas y exprimieron productividad. La semana laboral promedio subió a 45,2 horas, tres más que el año anterior. Es la otra cara del ajuste: menos trabajadores, más carga para los que quedan.

La tasa de actividad alcanzó su nivel más alto para un tercer trimestre desde 2016, pero el dato es engañoso. El crecimiento se explica en buena medida por jubilados que volvieron al mercado laboral. La participación de mayores de 66 años creció 11 por ciento interanual. La de los jóvenes cayó 1,6 por ciento. El sistema no está generando oportunidades nuevas, está absorbiendo urgencias.

Las pymes industriales y la construcción, históricas usinas de empleo, oscilan entre reconvertirse o cerrar. La utilización de la capacidad instalada ronda el 53,8 por ciento. Es decir, casi la mitad de las máquinas están apagadas. Sin inversión productiva, el empleo no crece. Se desplaza.

 

Macro prolija, micro congelada

El Gobierno exhibe dólar estable, reservas en recuperación y un Banco Central comprador. La vidriera financiera luce ordenada. Más de 2.000 millones de dólares acumulados en lo que va del año, reservas por encima de los 45.000 millones, depósitos en dólares en niveles récord. En términos de manual, es una foto sólida.

El problema es que la economía cotidiana no vive en la pantalla del Banco Central. Vive en el salario real. Y los salarios registrados cerraron 2025 con una caída interanual de 2,1 por ciento, concentrada en el último tramo del año. En noviembre se perdieron 28.800 puestos registrados. La estabilidad cambiaria convive con una actividad que no arranca y con una inflación que no cede al ritmo prometido.

La palabra que sobrevuela es estanflación. Alta inflación con recesión. No es patrimonio de la oposición. Referentes del propio espacio liberal advierten que, si no se rompe esa inercia, el plan puede marchitarse. Las tasas altas sostienen el tipo de cambio, pero encarecen el crédito. Cuando el dinero rinde más quieto que invertido, la producción pierde atractivo.

La economía se mueve a dos velocidades. Campo, energía y minería muestran dinamismo. Industria y construcción, intensivas en empleo, retroceden. El resultado es un mercado laboral que expulsa trabajadores formales y los reabsorbe en la periferia.

En la Casa Rosada confían en que la reforma laboral reducirá costos y estimulará contrataciones cuando la macro termine de acomodarse. El interrogante es el tiempo. ¿Cuánto puede sostenerse un esquema donde la estabilidad financiera no se traduce en mejora tangible? La política sabe que el humor social no se mide en reservas, se mide en changas.

La escena tiene algo de thriller silencioso. No hay explosión, hay goteo. No hay colapso, hay reconversión forzada. El empleo formal pierde terreno y el autoempleo crece como refugio. En ese tránsito, el Estado reduce peso, las empresas ajustan y los trabajadores asumen el riesgo.

La Argentina de hoy no es la del descontrol cambiario, pero tampoco la del crecimiento con inclusión. Es un equilibrio delicado donde cada punto de inflación erosiona salarios y cada fábrica que baja persiana empuja a alguien hacia la informalidad. La pregunta que flota en despachos oficiales y sindicatos es la misma: si la macro está ordenada pero el empleo formal se achica, ¿quién gana realmente esta partida?

Porque en política económica, como en cualquier trama de poder, los números cuentan una historia. Y hoy esa historia dice que el ajuste formaliza menos y precariza más. Si la estabilidad no derrama en empleo registrado, la calma puede volverse apenas una pausa elegante antes de una discusión más incómoda.


Desde la asunción de Milei se perdieron 193.590 empleos privados registrados y crecieron 357.000 puestos informales.


Con dólar estable y reservas en alza, la economía real enfrenta caída salarial, baja actividad industrial y una estanflación que inquieta incluso al propio espacio liberal.

 

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