
Alejandro Urdapilleta: ese “mar” embravecido que nos enseñó sobre la Libertad
Por Florencia Belén Mogno.
“El universo cabe en un grano de maíz, los elefantes marinos, el obelisco, las hormigas, Pepito Cibrián cabe en un grano de maíz. Y yo, sin embargo, estoy sola, como una perra”. Yo tendría unos 11 años cuando vi y escuché por primera vez a Alejandro Urdapilleta declamar estas líneas. Estaba en el comedor de mi casa y en la televisión estaban transmitiendo un programa que recordaba momentos memorables de la TV argentina. De pronto, con un vestido negro y una peluca que simulaba un peinado con rodete, apareció Alejandro en la pantalla con este recitado. Escribo este recuerdo y vuelvo a tener la misma sensación: fue como si un rayo me hubiese impactado en el pecho, como si me brotara luz desde adentro. Me fascinó. Por mi corta edad no estaba segura de entender lo que veía, pero era como la luna o como una pieza de arte: no podía dejar de mirarlo.
En ese entonces, al igual que había sucedido con tantas otras de mis pasiones artísticas, mi mamá fue quien me lo reveló: “Ma, ¿quién es ese de la tele?”. “Ah, ese es Urdapilleta, Alejandro Urdapilleta. Él hace teatro y hacía los sketchs con Torto y con Gasalla”, me respondió ella. Esa fue la primera vez que supe quién era Alejandro Urdapilleta. Este 10 de marzo Alejandro estaría cumpliendo 72 años y quise escribir estas líneas para homenajearlo y también para agradecerle.
Después de ese primer contacto que tuvimos, pasó mucho tiempo hasta que pude volver a Alejandro. La tele ya no transmitía programas antiguos y en casa todavía no había computadora. Sin embargo, la presencia de Alejandro era tan fuerte y tan arrasadora que ya había dejado una semilla dentro de mi pecho que brotaría después. Nuestro reencuentro sucedió en un momento muy particular y muy triste: yo transitaba el duelo por la pérdida de mi abuela y ese mismo año Alejandro se fue. Recuerdo haber leído la noticia y sentir una puntada en el estómago. Estaba sentada a la computadora y la llamé a mi mamá para contarle. Nos pusimos tristes, pero se develó algo mágico: mientras hablábamos, mi mamá me contó que ella miraba a Alejandro junto a Gasalla y Torto (Humberto Tortonese) cuando estaba embarazada de mi. Ahí estaba la razón de mi fascinación por él: Alejandro era parte de mi vida y parte de mi historia incluso antes de que yo naciera.
El día que Alejandro se fue, mi mamá me pidió que buscara en Internet a ver si había material para verlo; era nuestra forma de homenajearlo. Así, me dispuse a mi tarea y ahí estaba: había encontrado un tesoro que no sólo me trajo alegría ante el momento triste que pasaba en mi vida, sino que se convirtió en el sostén y el refugio al cual acudir cuando estuviese angustiada o cuando necesitara ver el arte vivo. Alejandro volvió a aparecer con su recitado y esa Pagliaro loca y desbordada con la que yo lo recordaba, pero había más.
Alejandro era tan Alejandro y tan Urdapilleta que había otros seres que habitaban su ser. A partir de esos sketchs que empezamos a ver con mi mamá llegaron a mi vida Cococha, Violeta Trunca, Memucho, Finita Jarjarana, Isadora, Belén Surruguru Gorchezi, entre otros. Se repitió lo que había experimentado cuando era chica: no podía dejar de mirarlo, no quería dejar de mirarlo, y así fue. Desde ese instante en que, de alguna forma, Alejandro volvió a mi vida, no dejé nunca de mirarlo. Sus sketchs con Torto y Antonio se convirtieron en mi dosis diaria de felicidad; después, mi alma curiosa de periodista investigadora me llevó por más. Comencé a bucear entre la filmofrafía de Alejandro, en algunas obras de teatro suyas que estaban en Internet, en sus trabajos en tv. Así lo descubrí en roles dramáticos y siempre era la misma sensación: verlo y sentir como si me entrara más aire en el pecho, como si la electricidad me corriera por el cuerpo, la sensación de libertad, porque eso era y representaba Alejandro Urdapilleta: libertad.
A lo largo del tiempo, mi fascinación por Alejandro persistió y creció conmigo. Más allá de su obra audiovisual, mi adultez me llevó a su obra escrita. Tal es así que, hace unos años, paseaba por la feria del libro y el regalo que había buscado por tanto tiempo estaba ahí: en un estante asomaba la portada de “Vagones Transportan Humo”, esa maravilla de libro que reúne varios escritos y poemas de Alejandro. Llegué a mi casa como una niña a la que le habían regalo golosinas y, otra vez, el hechizo: leí el libro completo en una noche, porque a Urdapilleta no se puede dejar de mirarlo y tampoco se puede dejar de leerlo.
Este 10 de marzo es el cumpleaños de Alejandro y quise celebrar su existencia y también que haya aparecido en mi vida para revolucionarla por completo. Alejandro es como una ola o como un huracán, emana tanta fuerza, tanto arte y tanta energía que, una vez que alguien posa sus ojos sobre él, ya no se puede dejar de mirarlo y uno ya no es la misma persona. Y en este punto, elijo hablar en presente, porque a pesar de que no esté físicamente me niego a referirme en pasado a un ser como Alejandro Urdapilleta. No. Ya lo dijo él en uno de sus poemas…
“Me voy al mar a reírme
para volverme rico
para hacer cosas buenas
para enseñar cómo hacerlo
me voy a descifrar mensajes
porque me llaman
me voy a buscar piedras preciosas
a encender faroles
abajo de las olas”
Gracias por todo, Alejandro, gracias por ser ese mar que enciende los faroles abajo de las olas y por ser ese fuego que avivó nuestra libertad.
Fuente fotografías: redes sociales.














