
Milei desafió a la industria: “Compitan con China” mientras las fábricas trabajan a media máquina

Javier Milei eligió el Council of the Americas para explicarles a los empresarios argentinos que, si una remera china cuesta cinco o diez veces menos, el problema es de quien pretende producirla más cara en el país. La frase tendría valor como provocación académica si no hubiera sido pronunciada por el Presidente de una economía atravesada por una crisis simultánea de producción, empleo y consumo. Con buena parte de la capacidad industrial ociosa, comparar el costo argentino con China sin comparar las condiciones que lo producen es menos teoría económica que voluntarismo.
La discusión no consiste en defender cualquier precio local ni convertir la protección industrial en un derecho adquirido. Argentina conoce demasiado bien los costos de mercados cerrados, privilegios sectoriales y empresarios que hicieron de la regulación una renta. Pero de allí a suponer que una fábrica bonaerense, santafesina o cordobesa debe competir de igual a igual con la estructura productiva china hay un océano de diferencia.
China construyó durante décadas escala, infraestructura, crédito, logística, tecnología, política industrial y cadenas de proveedores. No llegó a las góndolas del mundo mediante un seminario sobre libre competencia.
El propio argumento presidencial encierra una ironía formidable. Milei reivindicó la capacidad china para producir barato mientras hablaba ante el Council of the Americas y defendía un programa ideológicamente situado en las antípodas del modelo que permitió construir esa potencia manufacturera. Por un instante, el cuello Mao apareció sin necesidad de cambiarse el traje.
Los indicadores industriales vuelven más incómoda la comparación. Industriales Pymes Argentinos (IPA) viene advirtiendo que la utilización general de la capacidad instalada ronda apenas 53% o 54%, con ramas sensibles cercanas al 30%. La entidad calcula además que se perdieron más de 3.000 empresas y 78.000 empleos industriales. No son máquinas ineficientes compitiendo alegremente contra otras mejores: son máquinas directamente apagadas en un mercado interno debilitado.
Destrucción creativa con fábricas apagadas
Milei apeló también a la destrucción creativa para explicar que el progreso tecnológico produce ganadores y perdedores. El concepto es válido. Lo discutible es utilizarlo como explicación universal para procesos que no necesariamente nacen de una innovación superior.
Una empresa puede desaparecer porque apareció un producto mejor. Pero también porque enfrenta crédito prohibitivo, demanda deprimida, costos logísticos elevados y una apertura importadora mucho más rápida que su posibilidad de reconversión. Eso no es necesariamente destrucción creativa. A veces es, simplemente, destrucción.
El Presidente fue todavía más lejos al defender a Federico Sturzenegger. Sostuvo que detrás de numerosas regulaciones existen negocios protegidos y calificó de "sorete" y "mierda humana" a quienes cuestionan al ministro cuando, según su interpretación, éste afecta intereses prebendarios.
El problema está en la generalización. Mete en una misma bolsa al empresario que vive de una barrera construida a medida y al industrial que pregunta cómo sostener una planta, pagar salarios y competir contra importaciones producidas bajo condiciones completamente diferentes.
Hasta Donald Trump, difícilmente sospechoso de maoísmo, utiliza aranceles y una política comercial agresiva cuando considera comprometidos sectores estratégicos estadounidenses. Las grandes economías hablan de mercado mientras administran intereses nacionales. Argentina ensaya algo bastante más arriesgado: exigir competencia hacia adentro mientras acepta como naturales las políticas productivas de quienes compiten desde afuera.
Una economía abierta puede obligar a mejorar productividad y terminar con privilegios. Pero abrir una economía industrialmente debilitada, sin crédito razonable, con consumo deprimido y sin transición productiva puede conseguir algo mucho menos sofisticado: sustituir producción por importaciones.
Y una fábrica cerrada no termina en el balance de su propietario. Continúa en el trabajador despedido, el proveedor que pierde un cliente, el comercio que vende menos y la ciudad que pierde actividad.
China puede vender remeras baratas. La pregunta para un Presidente argentino no debería ser por qué nuestros industriales no son chinos, sino qué condiciones piensa construir para que producir en la Argentina vuelva a ser competitivo. Porque una máquina apagada no aprende a competir. Y reconstruir una industria después de destruirla suele resultar bastante más caro que importar una remera.
La industria opera con apenas 53% o 54% de su capacidad instalada y algunos sectores sensibles rondan el 30%.
Una fábrica puede cerrar por ser ineficiente, pero también por crédito caro, consumo deprimido y una apertura más rápida que su capacidad de reconversión.


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