
Julio Zamora, atrapado en una apuesta que ya no convence a nadie

Lejos de consolidarse como una opción competitiva, ese espacio terminó revelando su verdadera dimensión: un proyecto circunstancial, sostenido más por acuerdos coyunturales que por una identidad política clara. Hoy, ese partido con el que Zamora eligió alinearse ya no logra convencer a nadie, ni siquiera a quienes alguna vez vieron allí una posible renovación.
El escenario actual es muy distinto. Mientras el peronismo atraviesa un proceso de reconstrucción, con debates internos, renovación de liderazgos y una reconfiguración de su base territorial, Zamora aparece descolocado, sin un lugar definido y mirando con recelo un movimiento político que vuelve a ordenarse y recuperar centralidad.
Ese proceso de reorganización del peronismo parece generar incomodidad y temor en quienes apostaron a su fragmentación. No es casual que, ante el resurgir de una fuerza que vuelve a discutir poder real, Zamora mantenga una posición ambigua, evitando definiciones claras y sin capacidad de incidir en el nuevo esquema político que se está gestando.
La decisión de haber jugado con un espacio que hoy luce derrotado no solo dejó a Zamora mal parado electoralmente, sino que también expuso los límites de una estrategia basada en el personalismo y el cálculo de corto plazo. En política, las apuestas sin anclaje territorial ni proyecto colectivo suelen tener un destino conocido.
Mientras el peronismo vuelve a ordenar su tropa y a construir una alternativa con vocación de mayoría, Zamora parece haber quedado atrapado en su propia elección, observando desde afuera cómo se reconfigura un escenario que ya no controla y que, cada vez más, lo interpela desde la debilidad y no desde la fortaleza.














