
Cierran 50 kioscos por día y el comercio de cercanía entra en zona roja
Crisis de kioscos y caída del consumo
El kiosco fue durante décadas el termómetro más inmediato del consumo popular. Hoy ese termómetro marca fiebre alta. Según la Unión de Kiosqueros de la República Argentina, en el país cierran alrededor de 50 kioscos por día, unos 1500 por mes. En el último año, más de 20 mil locales dejaron de funcionar. La cifra no es solo un dato sectorial: es una señal de la economía real.
El comercio de cercanía atraviesa una crisis que combina caída del consumo, aumento de costos y competencia desigual. Mientras la Cámara Argentina de Comercio informó que enero registró el tercer mes consecutivo de baja interanual en las ventas, los kiosqueros describen un escenario límite. “Si aumentamos, no vendemos; si sostenemos los precios, nos fundimos”, resumió el vicepresidente de la entidad, Ernesto Acuña.
El número de locales activos se redujo a menos de 60 mil en todo el país y la tendencia es descendente. Detrás de cada cierre hay una estructura mínima pero vital: un autoempleo familiar, un alquiler, un proveedor barrial. Cuando el margen desaparece, el negocio se vuelve inviable. Y cuando la rotación de productos baja, el flujo de caja se corta.
La competencia también cambió el tablero. Supermercados y grandes cadenas avanzaron sobre productos tradicionalmente asociados al kiosco, muchas veces con mayor poder de compra y mejores condiciones comerciales. Los kiosqueros sostienen que compiten en desventaja, con regulaciones y costos fijos que no siempre son equivalentes.
El deterioro no es nuevo, pero se aceleró con la combinación de inflación persistente y contracción del poder adquisitivo. En un rubro donde el volumen es clave, cada punto de caída en ventas impacta de forma directa. El kiosco vive del impulso cotidiano, de la compra chica y frecuente. Cuando ese hábito se retrae, el modelo cruje.
El dato de que cerró un tercio de los kioscos desde el inicio de la actual gestión agrega una dimensión política al problema. Más allá de la responsabilidad coyuntural, el fenómeno refleja un cambio estructural en la dinámica comercial urbana. La pregunta ya no es solo cuántos sobreviven, sino qué lugar ocupará el kiosco en una economía que se reconfigura con menos consumo y mayor concentración.
En la Argentina, el kiosco no es un negocio más. Es parte del paisaje social y del entramado productivo mínimo. Cuando baja la persiana, no solo se pierde un punto de venta: se achica la economía de barrio. Y esa contracción, aunque silenciosa, es una de las señales más nítidas de la crisis del consumo.














