
Conurbano: el 77% de los hogares dejó de consumir alimentos básicos
La inflación dejó de ocupar los titulares con los números explosivos de otros tiempos. Sin embargo, en los barrios populares del Conurbano bonaerense la realidad cotidiana sigue contando otra historia. Mientras los precios avanzan a un ritmo menor, millones de familias continúan ajustando donde más duele: en la comida.
Los últimos datos relevados por el Instituto de Investigación Social, Económica y Política Ciudadana (ISEPCI) muestran una postal preocupante de la situación social. Cerca de ocho de cada diez hogares consultados reconocieron haber dejado de consumir alimentos esenciales por falta de recursos económicos. No se trata de productos considerados secundarios o prescindibles. Son carnes, lácteos, frutas, verduras, cereales y legumbres, alimentos indispensables para sostener una dieta equilibrada y una adecuada nutrición.
El dato resulta especialmente significativo porque aparece en un contexto donde la inflación de alimentos mostró una desaceleración respecto de los primeros meses del año. Durante mayo, los productos básicos relevados por el Índice Barrial de Precios aumentaron en promedio apenas un 1,52%. Sin embargo, la estabilización de los precios no logró traducirse en una recuperación del consumo.
La mesa familiar bajo presión
Detrás de cada porcentaje hay una decisión cotidiana que miles de familias deben tomar todos los días. Comprar leche o pagar una cuota. Llevar carne o cumplir con una deuda. Comprar frutas para los chicos o afrontar un servicio básico.
Según el relevamiento, el 86% de los hogares consultados atraviesa una situación permanente de estrés económico para llegar a fin de mes. La presión no proviene únicamente del costo actual de los alimentos, sino también del deterioro acumulado de los ingresos y del crecimiento del endeudamiento doméstico.
Cada vez más familias recurren a tarjetas de crédito, préstamos personales, financiamiento informal o compras fiadas para sostener gastos corrientes. Como consecuencia, una parte creciente de sus ingresos queda comprometida antes de cobrar. Cuando llega el momento de ajustar, la comida suele convertirse en la variable de sacrificio.
+Los números permiten dimensionar la magnitud del problema. Durante mayo, una familia tipo necesitó $630.419 para cubrir exclusivamente la Canasta Básica Alimentaria y $1.418.443 para afrontar la Canasta Básica Total, que incluye servicios, transporte, educación y otros gastos esenciales. Para muchos hogares, esas cifras ya se encuentran fuera de alcance.
Los alimentos que desaparecen del plato
El informe también permite observar cuáles son los productos que se están volviendo más inaccesibles para los sectores populares.
Dentro del rubro almacén, la leche acumuló un aumento del 25% en lo que va del año. El azúcar subió 16,67%, mientras que el pan y las lentejas registraron incrementos del 15,38%.
En el caso de las carnes, el promedio de aumento alcanzó el 22%, aunque los cortes tradicionalmente más económicos sufrieron incrementos todavía mayores. El espinazo acumuló una suba del 32,7%, la paleta casi un 30%, mientras que el hígado y la carnaza crecieron alrededor del 25%.
La consecuencia aparece rápidamente en las mesas familiares. Cuando incluso los cortes considerados más accesibles aumentan por encima del promedio, la posibilidad de sostener una alimentación adecuada se vuelve cada vez más difícil.
La situación ya no afecta únicamente a quienes están desempleados o viven de ingresos informales. También alcanza a trabajadores registrados, jubilados y familias que conservan alguna fuente de ingreso pero que no logran seguir el ritmo del costo de vida.
El dato más alarmante quizás sea otro: el 66% de los hogares aseguró haber eliminado al menos una comida diaria por razones económicas. No se trata solamente de comer peor. En muchos casos se trata de comer menos.
La desaceleración inflacionaria aparece como una condición necesaria para ordenar la economía. Pero los datos muestran que, por sí sola, no alcanza para recomponer el bienestar social. Mientras los ingresos sigan perdiendo capacidad de compra y las deudas absorban buena parte de los recursos familiares, la recuperación seguirá siendo una estadística distante para millones de bonaerenses.
Porque cuando una familia deja de comprar carne, leche, frutas o verduras para poder pagar cuentas, la crisis deja de medirse en porcentajes. Empieza a medirse en platos vacíos, en nutrición perdida y en oportunidades que también se quedan fuera de la mesa.














