
El lenguaje de los símbolos
¿Qué preguntamos al Tarot?
Por Maria Eugenia Kromholc
Todavía no terminaron de mezclarse las cartas y la pregunta ya está sobre la mesa.—¿Me va a ir bien?.Cambia el motivo de consulta. Cambia la historia. Cambia la persona. La pregunta, no.
Queremos saber qué va a pasar. Es un deseo antiguo, tan antiguo como la incertidumbre. Mucho antes del Tarot estuvieron el Oráculo de Delfos, el I Ching, las estrellas y la borra del café. Distintas culturas buscaron formas de responder a aquello que todavía no había sucedido.
En las últimas décadas, la ciencia cognitiva empezó a describir algo fascinante: el cerebro no registra la realidad de manera pasiva. La anticipa, la interpreta y la corrige de forma constante. Antes de entrar a una habitación ya imagina qué encontrará; antes de hablar, ensaya posibles respuestas; antes de decidir, proyecta escenarios. Incluso el presente está atravesado por hipótesis silenciosas con las que intentamos orientarnos.
En otras palabras: todos somos, en un sentido técnico y no metafórico, adivinos de tiempo completo. Y, aun así, nos equivocamos seguido. Damos por terminada una relación antes de hablar. Renunciamos mentalmente a un trabajo antes de presentarnos a una entrevista. Contestamos discusiones que todavía no ocurrieron. Pasamos noches enteras habitando futuros imaginarios que nunca llegan a existir.
Pero el futuro que tememos —o el que damos por inevitable— rara vez viene de adelante. Muchas veces lo empujamos desde atrás, hecho de recuerdos, heridas, aprendizajes y expectativas que ordenan nuestra manera de mirar. Ahí es donde el Tarot empieza a mostrar su dimensión más interesante.
Del futuro al sentido
Durante siglos se creyó que servía para adivinar el futuro. Sin embargo, su potencia parece estar en otra parte: en las imágenes que nos ayudan a pensar aquello que vivimos y todavía no comprendemos del todo.
Carl Gustav Jung entendió que los símbolos no son adornos del pensamiento, sino una de las formas en que la mente organiza la experiencia. Llamó arquetipos a esas estructuras universales que reaparecen en culturas que nunca tuvieron contacto entre sí. El héroe que atraviesa una prueba para transformarse. La madre como origen y protección. El anciano como sabiduría. La sombra como aquello que preferimos no mirar. La muerte, no como un final absoluto, sino como el cierre de una etapa y el comienzo de otra.
Así, más que personajes, los arquetipos son formas de experimentar la vida. Nos conmueven porque siguen poniendo nombre a conflictos, deseos y transformaciones que compartimos, sin importar la época.
Aunque cambia la tecnología y cambian las costumbres seguimos haciéndonos las mismas preguntas: si somos queridos, si estamos a la altura, si vale la pena empezar de nuevo, si podremos atravesar una pérdida, si alguna vez dejaremos de tener miedo.
Tal vez por eso los símbolos sobreviven. No porque pertenezcan al pasado, sino porque siguen nombrando aquello que, después de miles de años, todavía no cambió. Cambian las civilizaciones. Lo humano, en cambio, insiste.
Porque ninguna carta puede evitar una crisis, una pérdida o un cambio importante. Pero un símbolo puede ofrecernos una manera distinta de comprender lo que estamos viviendo. Y cuando cambia la forma en que comprendemos una experiencia, también cambia la manera en que la atravesamos.
Tal vez esa sea la diferencia entre buscar certezas y buscar sentido. Las certezas alivian la ansiedad por un instante. El sentido, en cambio, nos permite habitar la incertidumbre de otra manera.
Quizás por eso una buena pregunta tenga tanto valor. No porque elimine la incertidumbre, sino porque cambia la manera en que la habitamos. A veces creemos que necesitamos respuestas cuando, en realidad, lo que necesitamos es una pregunta mejor. Una que no cierre el sentido, sino que lo amplíe. Una que no nos diga qué pensar, sino desde dónde empezar a mirar. Porque hay preguntas que no se responden: se viven. Y, muchas veces, es en esa búsqueda donde comienza la verdadera transformación.
El futuro siempre conservará una parte de misterio. Pero el Tarot puede ayudarnos a reconocer las capacidades con las que ya contamos y aquellas que todavía necesitamos desarrollar.
No se trata, entonces, de saber qué va a pasar. Se trata de descubrir con qué recursos contamos para atravesar aquello que, tarde o temprano, va a pasar. Después de todo, de poco serviría conocer el futuro si antes no aprendemos a habitar el presente.
Fuente fotografías: María Eugenia Kromholc.
Maria Eugenia Kromholc es periodista e investigadora del pensamiento simbólico. Desde hace más de dos décadas estudia el Tarot, la psicología analítica, la filosofía y las tradiciones simbólicas como herramientas para comprender la experiencia humana.


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