
El Conurbano en la mira: tres proyectos ponen en discusión su población, industria y poder político
Federico Sturzenegger proyectó que, en tres décadas, unos cuatro millones de personas podrían mudarse desde Buenos Aires hacia la Patagonia y el norte argentino. Dos millones seguirían el desarrollo energético y otros dos millones la minería. La hipótesis descansa en un cambio real: Vaca Muerta, el gas, el petróleo y los minerales están desplazando parte del centro económico hacia provincias con menor peso relativo.
El problema aparece cuando la transformación productiva se vuelve fantasía demográfica. Neuquén creció fuerte y Añelo muestra el impacto del shale, pero también expone el límite: faltan viviendas, infraestructura, escuelas y servicios. Mudarse no es cambiar de aplicación de delivery. Es dejar familia, redes, trabajo de la pareja, colegio de los hijos y una vivienda para entrar a mercados inmobiliarios que se encarecen con el boom.
Lucio Castro introduce otro dato importante: más de dos tercios del empleo privado registrado del GBA está en comercio, construcción y servicios, mientras que la industria más expuesta a importaciones representa entre 5% y 6%. Su conclusión es que el empleo futuro del GBA dependerá más de servicios, logística, salud, software, comercio y construcción que de sostener industrias protegidas.
El argumento tiene base económica. El salto político ocurre cuando se lo usa para presentar la pérdida industrial como un costo de la modernización. Desde fines de 2023 cerraron unas 3.400 firmas manufactureras y se perdieron más de 240.000 empleos formales. A la vez, el propio Castro advierte que reemplazar una fábrica por autoempleo precario no es desarrollo y que la movilidad laboral argentina es lenta. Apenas uno de cada siete trabajadores informales accede a un empleo registrado al año siguiente.
El territorio que algunos quieren rediseñar
Joaquín de la Torre fue más lejos y puso el mapa sobre la mesa. Propuso quitar los 24 municipios metropolitanos de la estructura bonaerense y convertirlos en distritos federales bajo Nación. Su fórmula incluye eliminar la intermediación provincial, pasar seguridad a fuerzas federales y cambiar el financiamiento de servicios.
La propuesta puede discutirse en términos fiscales. Pero tiene una carga política evidente: el Conurbano concentra cerca del 28% de la población argentina, define elecciones nacionales y constituye un bastión territorial del peronismo. Rediseñar su relación con la Provincia no es solamente reorganizar competencias. Es tocar uno de los grandes núcleos de poder electoral del país.
Ahí las tres narrativas empiezan a rozarse. Una imagina población saliendo. Otra relativiza la centralidad industrial y apuesta a una reconversión hacia servicios. La tercera propone desarmar la pertenencia política actual del territorio. Ninguna prueba por sí sola la existencia de un plan coordinado para “vaciar” el Conurbano. Sería una conclusión sin evidencia. Pero tampoco son discursos políticamente inocentes.
El Conurbano concentra contradicciones. Tiene pobreza y uno de los mayores mercados de consumo del país. Tiene informalidad y parques industriales. Tiene déficits de infraestructura y universidades, hospitales, logística, comercio y millones de trabajadores. Y, sobre todo, vota. Mucho. Y eso también cuenta.
Por eso el debate verdadero no es si cuatro millones de bonaerenses harán las valijas rumbo a Neuquén o San Juan. Es quién administrará la transición productiva y con qué objetivo. Si los nuevos polos energéticos y mineros sirven para ampliar la economía nacional, pueden convivir con un GBA más diversificado. Si la reconversión consiste en dejar caer industria, aceptar empleo precario y esperar que la población se mueva detrás de las inversiones, el resultado será distinto.
La producción puede cambiar de geografía con rapidez. Las sociedades no. El Conurbano no es una planilla mal diseñada que se corrige trasladando casilleros. Son trece o catorce millones de personas, redes económicas y una densidad política construida durante generaciones.
Tal vez por eso aparecen tantas teorías sobre cómo reemplazarlo, dividirlo o volverlo menos decisivo. Porque el problema que algunos encuentran en el Conurbano no es solamente cuánto produce. Es que existe, pesa y vota.


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Hay tres relatos distintos que empiezan a tocar el mismo nervio: el Conurbano bonaerense como problema a corregir. Uno imagina que millones de personas dejarán el Gran Buenos Aires para seguir al petróleo y la minería. Otro propone sacar a 24 municipios de la órbita provincial y convertirlos en distritos federales. Un tercero sostiene que la industria pesa poco en el empleo del GBA y que el futuro estará en servicios, comercio y construcción. Juntos empiezan a construir una idea política más profunda: que el Conurbano, tal como existe hoy, es una forma territorial agotada.