Protectorado: el “rescate” a Milei y la guerra EEUU–China

El swap por USD 20.000 millones y la presión para “sacar a China” del mapa argentino revelan un juego mayor: Washington y Beijing pujan por litio, uranio, datos y puertos que conectan con la Antártida. Si no actuamos como Nación pivote, el alivio financiero se devora la autonomía estratégica.

Actualidad13/10/2025
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Por Jennifer Díaz (Analista Político)

 

 

Argentina en la mira por litio, tierras raras y el Atlántico Sur.

 

La escena parece monetaria, pero es geopolítica pura. Estados Unidos acerca un salvavidas en dólares para sostener la gobernabilidad de Javier Milei, en simultáneo con el endurecimiento de su pulseada con China. 

 

Trump promete aranceles del 100% a productos chinos; Beijing, a su vez, afila un andamiaje de licencias y controles sobre tierras raras, imanes y tecnologías asociadas que pone barreras extraterritoriales a cualquier cadena global con “traza china”. 

 

En Buenos Aires, el mensaje llegó sin eufemismos: “América Latina y el Caribe no es el patio trasero de nadie”, advirtió la embajada china ante el condicionamiento anti-chino celebrado por Scott Bessent. La traducción al criollo es sencilla: el “rescate” no es gratis; se paga con alineamiento.

 

El corazón del mecanismo financiero está pensado para bajar riesgo país, recomprar deuda y enviar una señal política. No es una caridad: es la táctica que acompaña una estrategia mayor. Washington quiere reposicionarse en Sudamérica, abrir paso a su capital privado en minería, energía, comunicaciones y tecnología, y desplazar a China de los nodos críticos. 

 

El Gobierno intenta negar un trueque geopolítico, pero la letra chica se lee entre líneas: inversiones, sí; pero con “preferencias” en sectores estratégicos y un cerco tácito a la infraestructura donde Beijing ya había plantado bandera.

 

China, por su lado, no solo contesta con comunicados. Levantó murallas regulatorias: si un producto hecho fuera de China contiene un porcentaje mínimo de insumos, conocimiento o procesos “de origen chino”, puede requerir licencia para exportarse. 

 

Eso incluye consultoría, asistencia técnica y cooperación académica; no es solo mineral o imán, es el saber hacer. Pekín no clausura la canilla, administra el caudal y sube los costos de la dependencia ajena. Con el agregado de otra señal: los usos con destino militar o de defensa quedan bajo lupa. Resultado: cada turbina, cada motor, cada chip y cada proyecto de IA que toque tierras raras podría cruzarse con ventanillas chinas.

 

De repente, pasaron cosas

En ese tablero, Argentina no es un espectador. Es pieza codiciada. Cuarto productor mundial de litio y dueña de reservas voluminosas, con más de cuarenta proyectos en cartera y un triángulo —junto con Chile y Bolivia— que concentra el 60% de los recursos globales. A esto se suman uranio y cobre, más un mapa de tierras raras identificado por organismos geológicos locales, con huellas en Jujuy, Salta, San Luis, Santiago del Estero, Córdoba, San Juan,  Buenos Aires e incluso señales en la plataforma continental. El apetito no es solo por la salmuera: es por el eslabón siguiente de la cadena —refinado, cátodos, imanes, aleaciones— y por el control del conocimiento.

 

La llave hacia la Antártida

 

No alcanza con mirar al norte. Hay que mirar al sur. Ushuaia como polo logístico antártico, Drake y Magallanes como rutas sensibles, la proyección sobre el Atlántico Sur, los datos oceanográficos y la ventana científica y SAR.

 

La foto de la jefa del Comando Sur en Tierra del Fuego y el relanzamiento de una base naval integrada no se agotan en la estética castrense: ordenan el mapa de alianzas, licencias, rescates y accesos. Si la billetera llega con uniforme, la infraestructura deja de ser obra pública y pasa a ser palanca estratégica.

 

El discurso local intenta minimizar el condicionamiento. “No creemos que el acuerdo implique excluir a China”, desliza la Jefatura de Gabinete, de Guillermo Francos mientras en Washington se habla de “hacer más próxima” la relación en áreas sensibles. 

 

En paralelo, Kristalina Georgieva bendice el ajuste y pide “confianza” social para recortes profundos, incluso con ejemplos de países que redujeron salarios y jubilaciones en 40% o 50% y aun así reeligieron. La sinceridad brutal del Fondo embona con la “ventana de oportunidad” que el Norte detecta: una economía necesitada de dólares, con activos estratégicos y con menos palancas de veto político que en la década pasada.

 

No existe brazos cruzados orientales

 

La respuesta china en América del Sur fue paciente y, sobre todo, temprana. Dos décadas de inversión en minería, energía y logística, con Brasil como aliado mayor y una presencia creciente en litio argentino. 

 

No por altruismo: por seguridad de suministros. Las cifras del comercio exterior muestran una orientación nítida: buena parte del litio argentino vuela a Asia; Estados Unidos compró menos, pero ahora acelera para equilibrar. El swap norteamericano, entonces, no solo compite con el swap chino: busca reordenar el quién manda en la cadena, desde el salar al puerto.

 

Aquí asoma la pregunta incómoda: ¿de verdad vale la pena prostituir semejante base de poder —litio, tierras raras, uranio, geografía antártica— a cambio de una estabilización de corto plazo? No porque China sea “buena”: es otra potencia que juega con uñas y dientes. El problema es más profundo: cuando nos pensamos como cliente —del que sea—, renunciamos a ser árbitro. Y Argentina tiene con qué arbitrar: recursos, escala regional, ventanas logísticas, ciencia aplicada en nuclear y satelital, capital humano en ingeniería. Nos faltan tres cosas: política industrial, institucionalidad negociadora y obsesión por el valor agregado.

 

La lógica de Nación pivote no adora banderas; administra tensiones. Implica aceptar el conflicto de intereses, no disfrazarlo. Supone pasar del “abrimos todo porque sí” al “abrimos con reglas y contrapartidas medibles”: contenido local creciente en refinado y cátodos, transferencia obligatoria de tecnología, consorcios mixtos con centros de I+D, provisión de imanes y aleaciones para industrias locales, contratos de offtake con cupos para mercado interno, y participación federal en las rentas de infraestructura dual en el extremo sur. No es proteccionismo; es intencionalidad.

 

El otro vector ineludible es el energético. Discutimos el uranio como si fuera únicamente mineral en bruto, cuando puede ser base de una arquitectura de data centers con energía firme y de bajo carbono, diseñada en torno a capacidades que Argentina ya posee en ingeniería nuclear. 

 

Y hablamos de hidrógeno patagónico sin atarlo a clústeres industriales que lo consuman y lo transformen en bienes exportables de mayor valor. Mientras tanto, las licencias chinas y los aranceles de Trump reescriben las cadenas; si no diseñamos la nuestra, terminaremos cumpliendo normas ajenas en un juego que otros reglamentan.

 

Idealismo ideológico, una patología argentina

 

Este momento pide menos épica tuitera y más manual. El swap puede estabilizar expectativas, pero no emancipa. Los controles chinos y los aranceles de Estados Unidos no “pasan allá”; nos atraviesan. 

 

La clave no es decidir si “conviene” Washington o Beijing: es construir una ecuación donde ambos compitan por nosotros y no nosotros por ellos. Un país que vende salmuera compra gadgets; un país que vende cátodos, imanes, aleaciones y servicios antárticos compra futuro. 

 

La función del Estado —sí, del Estado— es fijar condiciones, auditar cumplimientos y multiplicar capacidades locales. La función del sector privado es invertir, escalar y exportar valor; la de la política, sostener reglas en el tiempo.

 

El realismo no romantiza imperios: los usa. Para eso hace falta un contrato interno que separe la urgencia del hambre de la ansiedad por agradar a quien presta. Si aceptamos dólares a cambio de que nos definan la matriz productiva, cambiaremos hiperinflación por hiperdependencia. 

 

Si, en cambio, usamos ese puente para consolidar una política de contenidos locales, ciencia aplicada y gobernanza logística del sur, podremos —por primera vez en décadas— dejar de ser “protegido en disputa” para transformarnos en actor. La libertad —también en geopolítica— es tener opciones y hacerlas competir. La inteligencia es cobrar caro por ellas. La valentía es sostenerlo cuando cambie el viento.

 

 

En geopolítica no existe “rescate”: existe precio. Si el swap compra tiempo a costa de autonomía, el saldo es negativo aunque suba el Merval.

 

Recursos + geografía = poder. Desarrollo = poder negociado en casa. Sin tecnología propia, la colonia solo cobra peaje hasta que cambian la ruta.

 

Argentina para poder ser una Nación Pivote, debe tener muchos pretendientes y si se quiere varios amantes simultáneos (mientras los recursos se usan de forma inteligente para el desarrollo) pero es pésima idea casarse por  un café con leche. 

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