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El swap de USD 20.000 millones que Estados Unidos promete para estabilizar la economía argentina es más que un gesto geopolítico. Es el retorno de los viejos “timberos globales” —Scott Bessent, Robert Citrone, Stanley Druckenmiller— reciclados como guardianes del libre mercado.
Actualidad13/10/2025
De libertario, nada
El hombre que llegó con traje de financista a salvar a la Argentina tiene más vínculos con George Soros que con Donald Trump. Se llama Scott Bessent, fue mano derecha del magnate húngaro en los años dorados del Soros Fund Management y hoy es el encargado de sostener —con dinero de los contribuyentes norteamericanos— la estabilidad del presidente libertario Javier Milei.
Paradójico, pero real: el discípulo del creador de la Open Society, símbolo del progresismo “Woke”, es ahora el arquitecto del plan que la derecha trumpista llama “rescate”.
Lo que Bessent construyó no es un puente financiero, sino una pasarela para sus viejos colegas del mercado. La jugada es conocida: préstamo millonario al Tesoro argentino, intervención en el tipo de cambio y recompra de bonos a precios inflados. Resultado: los fondos de cobertura —BlackRock, Fidelity, Pimco, Druckenmiller y Citrone— hacen caja. La estabilización es apenas el decorado. Lo que hay detrás es una transferencia monumental de valor disfrazada de ayuda internacional.
El premio Nobel Paul Krugman lo dijo con una claridad quirúrgica: “No hay un escenario plausible donde 20.000 millones de dólares salven la estrategia económica de Milei”.
El swap no es un salvavidas: es una operación de salida elegante para los fondos amigos antes de la próxima devaluación. Mientras el Tesoro estadounidense compra tiempo, los inversores venden pesos y se van del país con dólares subsidiados por el contribuyente americano. En lenguaje financiero, se llama “exit liquidity”. En lenguaje político, se llama corrida asistida.
Lo más cínico es la máscara moral. Trump promete “Estados Unidos primero”, pero manda a su equipo económico —con Bessent al frente— a rescatar posiciones especulativas de sus amigos globalistas. Y no cualquier amigos: los mismos que amasaron fortunas junto a Soros y ahora se presentan como cruzados del orden occidental frente al dragón chino.
La contradicción es tan grosera que hasta senadores republicanos se rebelaron. “Trump dijo America First, pero es Friends First”, lanzó Elizabeth Warren, desde el ala demócrata, con puntería quirúrgica.
El caso argentino se volvió tema de rosca doméstica en Washington. No tanto por Milei, que es un satélite menor en la constelación trumpista, sino por lo que el operativo desnuda: la simbiosis entre la derecha política y la plutocracia global que dice combatir. Una especie de Watergate financiero, donde los micrófonos están en las cuentas bancarias y no en los teléfonos.
Detrás de cada nombre hay una historia repetida. Robert Citrone, exsocio de Bessent en los años de Soros, es hoy uno de los mayores apostadores en deuda argentina. Compró bonos en caída libre justo antes del anuncio del swap. ¿Información privilegiada? Nadie lo prueba, pero el timing es tan preciso que parecería magia: la magia del capitalismo de amigos.
Stanley Druckenmiller, otro veterano de la vieja guardia Soros, también figura entre los beneficiados. En su portafolio —el fondo Duquesne— la deuda argentina figura como uno de los activos estrella.
Y ahí aparece el nexo local: Luis “Toto” Caputo, ministro de Economía, ex JP Morgan y ex Deutsche Bank, alma gemela de los “hedge funds”. Caputo se mueve en ese universo con la familiaridad de la “bicicleta financieras” que todos ellos militan.
En los noventa, Soros y Bessent hicieron historia apostando contra monedas. Treinta años después, vuelven al mismo tablero, esta vez con otro decorado y un peón libertario que juega por ellos. Paradójico, Bessent llega a Trump por las credenciales de Soros, el enemigo “woke” que quiere salvar a Milei.

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