
Entre ostras, playas agrestes y tradiciones costeras, Los Pocitos y San Cayetano invitan a bajar el ritmo, conectarse con la naturaleza y descubrir un turismo auténtico, lejos del ruido y cerca del disfrute.


Con una imagen negativa récord y una economía sostenida por dólares ajenos, Javier Milei llega a las legislativas con su capital político en caída libre. El “rescate” de Donald Trump, pensado como blindaje, se convirtió en una transfusión costosa que agrava la dependencia.
Actualidad19/10/2025
Trump no duda y exige triunfo el próximo domingo
La foto es engañosa. El dólar parece quieto, la inflación amortiguada, y en los canales financieros hablan de “tranquilidad cambiaria”. Pero el termómetro de la calle dice otra cosa: comercios vacíos, salarios pulverizados y un consumo que apenas respira. La economía real está anestesiada, no estabilizada.
El gobierno apostó su última ficha a ese espejismo.
“No devaluar, no emitir”, repite Milei como mantra de fe neoliberal. Pero incluso con la demanda en el suelo y una recesión que parte los bolsillos, los precios se escaparon del libreto: el IPC quedó clavado en un piso del 2% mensual, los mayoristas saltaron 3,7% en septiembre y los importados tocaron picos del 9%. Se le quemaron los papeles. La inflación regresó por la puerta trasera, invitada por su propio modelo.
El problema, como explica un analista del mercado, no es de liquidez sino de estructura. “Este modelo no genera dólares: los fuga”, sintetiza. El gobierno repite que el dólar sube por “el calendario electoral”, pero lo cierto es que el sistema está drenando divisas incluso en año de superávit comercial y récord de cosecha. El dinero que entra por exportaciones se evapora en intereses, utilidades y turismo al exterior. El resultado: se gana por un lado y se paga con creces por el otro.
La carta norteamericana, que debía dar confianza, terminó exhibiendo debilidad. Los dólares frescos no vinieron del FMI ni del agro, sino directamente del Tesoro de los Estados Unidos. No los pidió Caputo, ni los negoció Bausili. Los envió Scott Bessent, el secretario del Tesoro, desde Washington. Y lo anunció por Twitter, como quien informa una promo bancaria. Soberanía tercerizada.
El rescate que encadena
Trump quiso salvar a Milei como quien protege una inversión. Cerró una línea de swap por 20 mil millones, prometió otro paquete del sector privado y compró directamente pesos argentinos. En Wall Street lo llamaron “el plan de estabilización más arriesgado del siglo”. En Buenos Aires, simplemente lo tradujeron como “Trump paga la campaña”.
Pero la aritmética no cierra: ni el swap, ni las compras de pesos, ni las intervenciones semanales del Tesoro lograron detener la corrida. Al contrario, la estimularon. Los dólares oficiales entran por una ventanilla y salen por la otra, empujados por un sistema financiero que encontró en Argentina una mesa de timba con aval presidencial. El famoso carry trade —esa bicicleta que rinde 150% anual— se alimenta hoy del dinero de los contribuyentes estadounidenses.
La escena se volvió grotesca cuando Trump, sin filtro ni asesoría, dijo en una conferencia: “Si Milei no gana, nos vamos”. No hablaba de 2027. Se refería a octubre de 2025. Lo confirmó días después, despejando la ambigüedad con una sonrisa de quien disfruta tensar la cuerda. A partir de ahí, el mercado se desplomó. Los bonos cayeron, los fondos se retiraron y el equipo económico argentino perdió el control del tablero.
Ni el Tesoro estadounidense ni el FMI financian por fe. Lo hacen por alineamiento. Washington exige “reformas estructurales”: reducción de jubilaciones, flexibilización laboral, jornadas de 13 horas, menos subsidios y más apertura. Milei obedece. Pero el costo político es devastador. Cada recorte erosiona el núcleo de clase media que alguna vez creyó en su promesa de orden. La bronca sube en los barrios, el consumo se hunde y la ilusión libertaria se agota.
El propio Mauricio Macri lo percibe. Dos reuniones sin fotos en Olivos bastaron para dinamitar la alianza. El expresidente le reclamó “gestión real” y “construcción de mayoría”, mientras en redes lanzó metralla: “Con bajar la inflación no alcanza”. La Libertad Avanza llega a la elección fracturada, con un gabinete en descomposición y un PRO que ya juega a distancia.
El precio del tutelaje
El “rescate” norteamericano debía estabilizar el dólar, pero lo que estabilizó fue el relato: la idea de que el caos se podía maquillar con crédito externo.
Acumular reservas, en este contexto, es incompatible con sostener el tipo de cambio. Cada dólar que entra se va por la misma puerta que lo trajo, en pagos de deuda, utilidades y tasas imposibles. Argentina gasta más en rendimientos financieros que lo que genera por exportaciones.
Mientras tanto, la recesión hace su trabajo sucio: disciplina social, licúa salarios y reprime precios por agotamiento. “No hay un mango en la calle”, repiten comerciantes y asalariados. No lo dicen como queja macroeconómica: lo dicen como diagnóstico. La estabilidad es una ilusión sin consumo.
El FMI y el gobierno de Trump insisten en que Milei debe “construir una mayoría” para blindar el ajuste. Pero ni el respaldo explícito de Estados Unidos ni la foto con Santilli alcanzan para revertir la percepción pública: el 63% lo desaprueba. En Argentina, la tutela extranjera genera tanto rechazo como la inflación. El modelo importado se queda sin legitimidad local.
En la última semana antes de votar, Milei intenta retomar iniciativa con discursos encendidos sobre “el sacrificio necesario” y “la batalla contra los mercados”. Pero la narrativa épica choca con la góndola vacía. Sin dólares propios, sin reservas y sin aliados políticos sólidos, el presidente camina sobre la delgada línea que separa el control del colapso.
Javier Milei quiso ser el presidente que domaba al mercado y terminó siendo domado por él. El “no emitimos, no devaluamos” se transformó en una recesión profunda con inflación reprimida. Y el salvavidas de Trump, que debía garantizar estabilidad, se volvió un grillete: financia la fuga y condiciona la política.
Estados Unidos apostó por un alumno dócil, pero el manual se les quemó en las manos. Porque en Argentina, ningún experimento neoliberal termina con una ecuación: termina con una crisis.
El mercado puede perdonar errores. Lo que no perdona es la debilidad. Y hoy Milei huele a eso: a un líder que quiso ser sheriff del dólar y terminó intervenido por su propio prestamista.
Washington y The Economist
Desde Londres, The Economist lo dijo con elegancia británica: la Casa Blanca está jugando a la ruleta criolla. El Tesoro norteamericano, con Scott Bessent a la cabeza, decidió comprar pesos argentinos como quien apuesta al rojo esperando que no salga negro. Son 40 mil millones de dólares en potencial apoyo que no son ayuda: son control.
Trump presentó la maniobra como respaldo estratégico, pero en realidad es un salvataje electoral con fecha de vencimiento. La frase —“si Milei no gana, nos vamos”— no fue un exabrupto: fue una advertencia. Los mercados lo entendieron al vuelo.
En Washington saben que la economía argentina no resiste sin oxígeno externo, pero también que seguir transfiriendo dólares de los contribuyentes norteamericanos a una timba sudamericana tiene un límite político. Si Milei cae, se corta la manguera. Y si gana, la soga se tensa.
La economía no está estabilizada: está intervenida por un Tesoro extranjero.

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