
La cifra fue dada a conocer por la Superintendencia de Riesgos del Trabajo (SRT). A causa del cierre de empresas, más de 260.000 trabajadores fueron despedidos en ese período. Estos son los rubros más afectados.


El Gobierno prepara un paquete de unos 90 artículos que reescribe contratos, jornada y derecho de huelga. El corazón técnico está en el banco de horas y en un nuevo encuadre de indemnizaciones. ¿Quién decide cuándo se compensan las horas?
Actualidad11/11/2025
El tablero se mueve en silencio. Mientras el oficialismo capitaliza votos y negocia en el Congreso, el borrador de la reforma laboral avanza con foco quirúrgico en tres frentes que alteran la vida real del trabajo: cómo se contrata, cómo se computa el tiempo y cómo se paga el final de la relación. La narrativa es modernización. El objetivo estratégico es previsibilidad para el capital y flexibilidad para reorganizar turnos en un país con demanda volátil. El conflicto será quién sostiene el costo del ajuste fino.
El esquema de jornada es el punto sensible. El proyecto mantiene el tope de 48 horas semanales y la referencia histórica de 8 horas diarias, pero habilita a promediar en ciclos de varias semanas con jornadas que pueden llegar a 12 horas si el promedio no supera el límite legal. Esto no inventa la rueda, porque el banco de horas existe en convenios sectoriales desde hace décadas. La diferencia ahora es de escala y de alcance. Pasaría de ser excepcional a convertirse en regla disponible para casi todas las actividades, con requisitos formales y documentación obligatoria.
El banco de horas funciona así. En lugar de pagar horas extra cuando la demanda se dispara, las empresas pueden estirar jornadas en picos y devolver tiempo en valles, con descanso compensatorio. La gran pregunta es quién decide la ventana de compensación. Según los borradores que circulan, el banco de horas solo corre si hay acuerdo colectivo homologado. No puede imponerse de manera unilateral por parte del empleador y debe quedar escrito el ciclo de referencia, los topes diarios, la forma de registro y los plazos de devolución. Si no hay convenio, rige el régimen tradicional de horas extra con recargos.
Aquí aparece la política dura. En la práctica, aun con convenio, el empleador gana poder operativo para pautar picos y valles. El trabajador no “toma horas cuando quiere”. La compensación se usa para cubrir necesidades de servicio, con la obligación de respetar límites. Descanso mínimo de 12 horas entre jornada y jornada, tope de 48 semanales en promedio, y devolución dentro del ciclo acordado. Si la empresa no compensa dentro del plazo, esas horas deben pagarse con recargo. Si compensa, no hay extra. La letra chica que definan los convenios va a marcar la cancha real.
El mito del descanso perfecto
La imagen que entusiasma a muchos es trabajar 12 horas durante cuatro días y descansar tres seguidos. ¿Se puede? Técnicamente, sí, siempre que el convenio fije un ciclo que permita ese promedio, que se respete el descanso mínimo entre jornadas y que el total semanal promediado no pase de 48. En centros comerciales o servicios intensivos de fin de semana, la organización típica concentra el esfuerzo viernes, sábado y domingo, con lunes y martes livianos o nulos. En minería o petróleo ya existen esquemas 14 por 14 o 14 por 7 por razones geográficas. Para el resto, el 4 por 12 es posible, pero no automático. Depende del convenio, del cronograma validado y de la capacidad de la empresa para sostener rotaciones sin romper el descanso.
Hay un dato que no conviene olvidar. El tiempo de viaje no cuenta como jornada, pero golpea la vida. Cuando la macro aprieta, los traslados se alargan y la línea fina entre un día de 12 horas y una semana de 60 horas de disponibilidad se vuelve fina como papel. Por eso, cualquier banco de horas serio debe incluir reglas de preaviso de turnos, ventanas de desconexión y trazabilidad de lo trabajado. Sin eso, la flexibilidad se convierte en arbitrariedad.
El paquete también mueve piezas en el capítulo de indemnizaciones. No deroga derechos adquiridos ni elimina la indemnización por despido. Toma la doctrina Vizzotti, que impide que los topes reduzcan más de un tercio el monto que correspondería según salario real. Y abre la puerta a fondos de cese sectoriales administrados por fideicomisos bancarios con aportes mensuales. Este diseño no baja costos mágicamente. Traslada el gasto de una suma incierta a un flujo previsible. Es atractiva para el inversor, siempre que la carga no se vuelva un impuesto al trabajo imposible de pagar para pymes.
En derecho de huelga, la señal es ordenar procedimientos, servicios mínimos y tiempos de conciliación. Si se exagera el péndulo, se judicializa cualquier conflicto y se vacía la herramienta. Si se deja todo como está, los sectores con poder de bloqueo seguirán marcando agenda. La línea fina será mantener la protesta como derecho y la producción como necesidad. Política, no termodinámica.
Ganadores, perdedores y lo que no dice el folleto
¿Moderniza o precariza? Depende de cuatro llaves de diseño. Primero, quién decide el calendario efectivo de compensación. Si el convenio fija ventanas cerradas y preavisos, el trabajador puede ordenar su vida. Si no, se desarma la familia. Segundo, cómo se controlan las horas. Sin registro digital y auditoría sindical, el banco de horas se convierte en caja negra. Tercero, plazos de devolución. Si se estiran más allá de un ciclo razonable, el descanso se evapora. Cuarto, salud y seguridad. Jornadas largas sin pausas ni ergonomía aumentan accidentes y ausentismo. Lo barato sale caro.
Para el empresariado, el beneficio es claro. Organizar picos sin pagar extras sistemáticas, con costos previsibles, mejora competitividad en sectores estacionales. Para el trabajador, el atractivo depende de si la flexibilidad trae fines de semana largos de verdad o solo un esquema irregular que roba tiempo libre. Para el sindicato, la clave es negociar reglas y usar la fiscalización como herramienta estratégica. No alcanza con decir que es una burrada ni con prometer un paraíso. Hay que escribir la letra chica.
La macro presiona. Con consumo frío y productividad rezagada, el oficialismo apuesta a que la elasticidad de la jornada y un régimen de salida indemnizatoria más previsible destraben inversiones. La pregunta es si sin crédito, sin política de transporte y sin salud laboral fortalecida, el banco de horas no termina siendo el parche que absorbe todas las tensiones. Si la demanda no aparece, el problema no es de relojes, es de ventas.
Un punto adicional es la equidad. Cuando se habilitan turnos de 12 horas, las brechas de género se agrandan. Las tareas de cuidado siguen recayendo mayoritariamente en mujeres. Sin guarderías, licencias y horarios previsibles, el banco de horas puede expulsarlas o condenarlas a puestos de menor calidad. Si la reforma no incorpora un paquete real de corresponsabilidad, la modernización será selectiva. Eficiente para el Excel, injusta para la vida.
En términos de negociación, las provincias miran su mapa productivo. Gobernadores con minería, agroindustria y turismo verán en el banco de horas una palanca. Distritos con economías urbanas de servicios temen por la organización familiar y la movilidad. El Congreso será la mesa donde se balanceen estas agendas. El oficialismo venderá previsibilidad. La oposición pedirá salvaguardas. La sociedad va a mirar si el resultado final le devuelve tiempo o se lo quita.
Hay un último ángulo que nadie debería pasar por alto. Lo que hoy se llama modernización laboral también es una respuesta a la inteligencia artificial y a la logística en tiempo real. Empresas que tienen su demanda en el celular del cliente necesitan mover turnos con precisión de quirófano. El banco de horas es el lenguaje operativo de esa economía. El riesgo es tirarle a las personas la volatilidad del algoritmo sin amortiguadores humanos. La reforma será sostenible si entiende que el trabajador no es un botón del panel.
El cierre es político. Si el Gobierno quiere que la reforma dure más que un período, tiene que anclarla en reglas simples y verificables que no dependan de la buena voluntad de nadie. Si los convenios escriben salvaguardas claras, el banco de horas puede ser una herramienta útil. Si no, será una fuente de litigios, con el plus de cabrear a medio país por horarios que nadie puede planificar. La productividad no nace de apretar más fuerte, sino de organizar mejor.
El banco de horas no es un vale libre para el empleador ni un saldo a favor del trabajador. Solo corre con convenio homologado, registro de horas y devolución dentro del ciclo. Si no se compensa a tiempo, se pagan extras.

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