Despidos arbitrarios afectan Universidades del Gran Buenos Aires

Después de cinco años formando realizadores en la Universidad Nacional Scalabrini Ortiz, en San Isidro, el despido telefónico de diez docentes puso en riesgo las carreras audiovisuales y expuso el costo de organizarse en la universidad pública.
Universidades21/01/2026
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Por Rodrigo Lescano

 

A mediados de noviembre del año pasado, al cineasta Marcelo Goyeneche se le infló el pecho de orgullo al ver cómo sus estudiantes de la Tecnicatura en Edición Audiovisual de la Universidad Nacional Scalabrini Ortiz proyectaban un documental sobre uno de los fundadores del Grupo Cine Liberación. Sonreía cuando alguno se animaba a acercar una pregunta a los realizadores del film, invitados especialmente para ese encuentro.

A sus 53 años, con siete películas dirigidas a lo largo de las últimas dos décadas y cinco años sosteniendo las cátedras de Montaje y Escritura Audiovisual, Goyeneche sentía algo más que la satisfacción de enseñar el oficio que ama. En medio del cansancio, la precariedad y las horas mal pagas, había una certeza que se le imponía con fuerza: sus estudiantes no solo aprendían a hacer cine, sino que se comprometían con una manera de mirarlo, una que no se rinde a lo cómodo ni a lo impuesto.

Había algo de espejo y de continuidad. Veía en ellos preguntas que alguna vez se hizo y riesgos que también asumió. No piensan igual que él, pero piensan desde un mismo lugar ético: un cine argentino que cuestiona y se atreve a contar su propia historia. En cada guión que escribe junto a ellos, insiste en la importancia de defender el cine independiente y en que todo producto audiovisual debe llevar la impronta de su pueblo.

Ese trabajo no lo hace solo. Forma parte de un proyecto educativo construido junto a otros diez docentes, sostenido incluso en un contexto adverso.

—En un momento en el que el cine viene siendo golpeado sistemáticamente por este gobierno —desfinanciamiento del INCAA, despidos, control de la producción— apostamos hace cinco años a construir nuestro propio lenguaje audiovisual, con nuestra idiosincrasia. Nuestros estudiantes empiezan a ver otro tipo de cine y a encontrarse con historias que fueron ninguneadas por el relato oficial —sostuvo.

En diciembre, Marcelo disfrutó de cada uno de los cortometrajes que realizaron sus estudiantes como trabajo final. Como todos los años, celebró ese ritual que confirma que algo fue sembrado. Pero la alegría de unas merecidas vacaciones se interrumpió de golpe con un llamado telefónico.

 

Derechos

—El 30 de diciembre me sonó el teléfono. Me llamó la directora del Departamento de Diseño, Comunicación e Innovación Tecnológica, la licenciada Florencia Pacheco, con la cual no tuvimos contacto durante el último cuatrimestre. La excusa fue que quería armar un grupo propio de docentes y, por eso, me despidió —explicó Goyeneche.

Aunque la directora no les dio más respuestas que esa, Marcelo y sus compañeros eran conscientes de que estaban pagando las consecuencias de entender que cualquier proyecto educativo emancipatorio va de la mano de la defensa de los derechos de los trabajadores.

—En estos años defendimos la universidad pública y exigimos el aumento del presupuesto universitario. Hicimos algo que para la casta universitaria es imperdonable: organizar un sindicato dentro de esta universidad. No quieren escuchar otras voces y no quieren a los docentes organizados —argumentó.

En su defensa, los despedidos sostienen que las desvinculaciones expresan “una concepción personalista y arbitraria del ejercicio de la función pública”, además de desconocer principios elementales del Estatuto Docente Universitario, la Ley de Educación Superior y las garantías constitucionales que rigen el empleo público.

Los ceses, afirman, serían ilegales: los cargos docentes no son puestos privados, sino designaciones administrativas. Tras años de trabajo continuo, la jurisprudencia reconoce la protección de la estabilidad y la expectativa legítima de continuidad. Un llamado telefónico no puede considerarse un despido, ya que las desvinculaciones deben realizarse mediante un acto administrativo escrito y contar con fundamentos académicos, legales o administrativos.

Para los docentes, este ataque a la organización gremial no solo debilita a las instituciones que deberían garantizar la transparencia y la calidad académica de una universidad nacional y pública, sino que también incrementa la preocupación sobre el rumbo de las carreras audiovisuales.

Entre la incertidumbre y la bronca, Goyeneche observa cómo se destruye un proyecto construido colectivamente durante años. Comparte con sus compañeros la convicción de que la propia Dirección del Departamento carece de trayectoria y experiencia en el campo audiovisual. Le resulta contradictorio que, en un contexto de empobrecimiento social y desfinanciamiento del sistema universitario, la arbitrariedad de unos pocos y la ausencia de controles avancen en una casa de estudios que lleva el nombre de un pensador que denunció a una oligarquía que actuaba con impunidad.

 

Identidad

La angustia se le mete en el cuerpo a Marcelo y a sus compañeros todos los días. Llaman, escriben, esperan. Del otro lado, silencio. La universidad no responde. Aun así, no bajan los brazos.

—Estamos atravesando un momento muy angustiante porque detrás están nuestras familias. Tenemos que decirles que no vamos a tener trabajo en un contexto donde conseguirlo no es sencillo. Por eso tratamos de sostenernos entre todos, de mantenernos organizados, de saber que nuestra lucha es justa y que vamos a ir por el triunfo —afirmó.

Mientras tanto, la resistencia toma formas concretas y cotidianas. Juntan firmas para exigir sus reincorporaciones, graban videos para difundir en redes sociales, explican una y otra vez qué fue lo que pasó. 

—Vamos a seguir movilizando y trabajando para armar una gran movilización en febrero en la universidad, para convocar a toda la comunidad educativa, gremial y política. Queremos que vengan, que se acerquen, que vean quiénes somos, que conozcan a nuestros alumnos, nuestra universidad y el sacrificio enorme que hicimos durante estos últimos cinco años para sostener la universidad pública —concluyó.

En el fondo, Marcelo sueña con volver a ese noviembre en el que el aula estaba llena. Sueña con que este año sus estudiantes puedan seguir organizando proyecciones: que el cine vuelva a reunirlos y que, como tantas veces antes, la pantalla sea también una forma de resistencia.

 

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