
Villarruel y Bullrich tomaron el Senado y Karina quedó mirando
Victoria Villarruel entendió algo que en la Casa Rosada todavía discuten en voz baja: el poder no se declama, se administra. Y en el Senado se administra con cargos, vicepresidencias y secretarías. En una trama que mezcló pragmatismo, viejas lealtades y cuentas pendientes, la vicepresidenta acordó con Patricia Bullrich, radicales y gobernadores peronistas para rediseñar el tablero de la Cámara Alta. Karina Milei quiso poner sus piezas. No pudo.
La jugada fue quirúrgica. Bartolomé Abdala retuvo la presidencia provisional, un lugar clave en la línea sucesoria. Carolina Moisés, con terminales en el peronismo del norte, se quedó con una vicepresidencia. También lo hicieron Carolina Losada y Alejandra Vigo. El reparto dejó a la Casa Rosada sin premio mayor. En política, quedarse sin silla cuando suena la música no es un detalle menor.
Karina y el tándem Menem pretendían promover a Nadia Márquez. La idea era ordenar la tropa libertaria y consolidar obediencia vertical. Pero el Senado no es una red social, es una institución con memoria y con intereses territoriales muy concretos. Los gobernadores peronistas dialoguistas jugaron su ficha. Prefirieron una arquitectura compartida antes que un esquema totalmente alineado con el Ejecutivo. Villarruel supo leer esa necesidad. Bullrich, que nunca pierde de vista el equilibrio interno del oficialismo, también.
La votación dejó en claro dónde está hoy el músculo político. La propuesta para las nuevas autoridades consiguió respaldo amplio. El bloque que conduce José Mayans expresó su disconformidad y votó en contra en puntos sensibles, pero el acuerdo estructural avanzó. Incluso en la designación de auditores para la AGN, la ingeniería política mostró coordinación transversal.
El Senado como campo de batalla interno
Lo más interesante no fue la foto sino la ausencia. Juan Manzur y Maximiliano Abad no estuvieron en el momento más caliente. Guillermo Andrada se abstuvo. Movimientos mínimos que, en este ecosistema, dicen mucho. Cada gesto es un mensaje y cada mensaje construye poder.
El nuevo esquema mantiene a figuras como Agustín Giustinian y Alejandro Fitzgerald en posiciones clave, además de sostener a prosecretarios radicales. Manuel Chavarría, cercano al núcleo duro libertario, quedó como pieza en discusión. La reserva que hizo Carlos Camau Espínola fue una advertencia elegante: nadie regala el último botón del tablero.
El resultado es un Senado menos dependiente del Presidente de lo que el relato oficial sugiere. Villarruel consolidó un espacio propio. Bullrich demostró capacidad de influencia sobre la bancada libertaria. Y Karina Milei enfrentó un límite concreto a su intención de ordenar la política como si fuera una estructura corporativa.
No es un golpe palaciego ni una ruptura dramática. Es algo más sutil y, por eso, más profundo. El Senado quedó bajo control de una alianza pragmática que combina oficialismo, radicalismo y peronismo dialoguista. Una red que responde a intereses territoriales antes que a consignas ideológicas.
En esta historia no hay héroes ni villanos, solo actores que entendieron dónde se juega el poder real. Mientras el Ejecutivo concentra la escena pública, en la Cámara Alta se tejió una mayoría silenciosa que administra resortes clave. En política, quien controla la estructura controla el tiempo. Y en el Senado, el tiempo ahora tiene otros dueños.














