
Mientras cae el salario real, el Gobierno duplicó sueldos políticos
El relato del ajuste empieza a mostrar grietas cuando se lo mira desde arriba. Mientras el Gobierno sostiene la motosierra como bandera, los números de la propia administración revelan otra dinámica: los sueldos de la primera línea política se actualizaron con paritarias acumuladas y hoy duplican los valores de hace poco más de un año. No es un detalle técnico, es una señal política.
El jefe de Gabinete se ubica en el centro de esa escena. Su remuneración mensual supera los siete millones de pesos, en línea con el resto de los ministros. El salto no fue marginal: hasta comienzos de este año, esos cargos cobraban menos de la mitad. La actualización respondió a un decreto que trasladó a la cúpula del Ejecutivo los aumentos que sí tuvieron los estatales en papel, pero no siempre en el bolsillo real.
El dato es quirúrgico en términos de lectura política. Mientras los ingresos de los funcionarios se recomponen automáticamente, el resto del sistema queda atado a una inflación que corre más rápido que cualquier salario. El resultado es un desfasaje que ya no se puede disimular con narrativa. Los trabajadores formales perdieron poder adquisitivo, los estatales retrocedieron con más fuerza y los jubilados directamente quedaron corriendo desde atrás en una carrera que nunca empatan.
La escena se vuelve más incómoda cuando se superpone con el frente judicial. El jefe de Gabinete llega al Congreso para rendir cuentas en medio de cuestionamientos sobre su patrimonio y movimientos financieros. Aunque una de las causas más sensibles fue archivada por falta de pruebas, otras líneas de investigación siguen abiertas, cruzando datos y reconstruyendo su evolución patrimonial. No hay condena, pero tampoco cierre político del tema.
En paralelo, la estrategia oficial combina defensa cerrada y control del daño. La apuesta es sostener el esquema mientras el foco público se dispersa entre indicadores macro y disputas judiciales. Pero la tensión no desaparece: se traslada. Porque cuando el ajuste pega abajo y se relaja arriba, la discusión deja de ser económica y pasa a ser política.
El contraste es demasiado evidente para quedar encapsulado en tecnicismos. De un lado, ingresos que se actualizan por decreto y lógica interna del poder. Del otro, salarios que pierden terreno y jubilaciones que ya no cubren ni la mitad de una vida básica. No hace falta un discurso encendido para entenderlo: alcanza con mirar los números.
En ese tablero, la motosierra ya no corta parejo. Y cuando el ajuste deja de ser uniforme, deja de ser relato y se convierte en evidencia.



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