
La Matanza: un policía mató a una mujer en un intento de robo y quedó detenido
La escena ocurre de madrugada, cuando la calle todavía no es del todo de nadie. Montgolfier, en La Matanza, queda en silencio después de una ráfaga de disparos que rompe la rutina y deja una marca que ya no se borra. Un intento de robo, un arma reglamentaria, una mujer herida que no llega con vida al hospital. Y un policía que pasa de víctima a acusado en cuestión de horas.
Héctor Mariano Camejo, de 48 años, oficial de la Policía de la Ciudad, se presentó por sus propios medios en la comisaría. Dijo que estaba de civil, fuera de servicio, cuando dos motochorros lo interceptaron. Según su relato, reaccionó como pudo: sacó su arma y disparó. Los atacantes huyeron. Pero uno de esos disparos no se perdió en la noche.
A pocos metros del lugar, una mujer cayó. Fue trasladada al Hospital Favaloro, pero la herida en la zona intercostal resultó fatal. En paralelo, el otro sospechoso escapó dejando rastros de sangre en la vía pública, como una línea que conecta la escena con un destino incierto.
Las cámaras de seguridad registraron parte de la secuencia. No todo. Nunca todo. Pero lo suficiente para que la historia empiece a tensarse. Lo que en un primer momento parecía un caso de defensa frente a un robo, empezó a abrir interrogantes.
Cuando los peritos llegaron, el piso habló. Diez vainas servidas calibre 9 milímetros, tres proyectiles intactos, una réplica de arma tipo pistola, una gorra negra y una moto. Elementos que, ordenados en un informe, dejan de ser objetos sueltos y pasan a construir una narrativa judicial.
La investigación quedó en manos de la UFI Temática de Homicidios de La Matanza, a cargo del fiscal Adrián Arribas. La decisión fue rápida y contundente: Camejo debía quedar detenido. La hipótesis de legítima defensa no cerraba del todo. Algo en la proporción, en la secuencia o en la reacción no encajaba con lo que la ley permite.
En los barrios del conurbano, estas escenas no son ajenas. La frontera entre defenderse y excederse es una línea fina, muchas veces atravesada por el miedo, la adrenalina y la falta de certezas. Pero cuando quien dispara es un agente entrenado, esa línea se vuelve más exigente. No se trata solo de sobrevivir, sino de cómo se hace.
La mujer muerta no tenía nombre en los primeros partes. Era, apenas, una figura dentro de un expediente que empieza a crecer. Tampoco hay certezas sobre su rol exacto en el intento de robo. Lo que sí hay es una vida que terminó en la calle y otra que ahora se juega en los tribunales.
El caso vuelve a poner en discusión un tema incómodo: qué se espera de un policía cuando no está de uniforme, qué margen tiene para actuar y quién define cuándo ese límite se cruza. No es solo un hecho policial. Es una pregunta abierta sobre el uso de la fuerza en territorios donde la violencia es parte del paisaje.
En Montgolfier ya no hay sirenas. Solo queda la marca invisible de lo que pasó. Y una causa que empieza a escribir su propio recorrido, con más dudas que respuestas y con una certeza que pesa: en el conurbano, cada disparo tiene consecuencias que van mucho más allá del momento en que se gatilla.





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