
Jorge Macri refuerza el odio al Conurbano, donde el mismo fue intendente
La política tiene una vieja costumbre: cuando los números no alcanzan para construir una épica, aparece la geografía. No se discuten problemas; se delimitan territorios. No se debate complejidad; se dibujan fronteras. Y en la Ciudad de Buenos Aires, Jorge Macri parece haber encontrado una especialmente útil: la General Paz.
En los últimos días, el jefe de Gobierno volvió a instalar una idea que ya se transformó en una línea discursiva permanente de su administración. Del otro lado de la avenida que separa la Capital de la Provincia estaría el caos. De este lado, el orden. Del otro, la delincuencia. De este, la gestión eficiente. Del otro, Axel Kicillof. De este, el PRO.
La construcción es políticamente eficaz porque es simple. Y precisamente por eso merece ser observada con atención.
La seguridad es probablemente el tema más rentable para cualquier campaña electoral. Activa emociones inmediatas, reduce matices y permite construir enemigos reconocibles. En la lógica del marketing político moderno, funciona mucho mejor señalar culpables que explicar fenómenos complejos.
Por eso la discusión dejó hace tiempo de ser policial para convertirse en electoral.
El conurbano como adversario de campaña
La ofensiva discursiva no apunta solamente contra Kicillof. Apunta contra algo más grande: el imaginario del conurbano.
No es casual que términos como "barbarie", "desorden" o referencias permanentes a delincuentes que cruzan la General Paz aparezcan una y otra vez en el discurso oficial porteño. Son palabras elegidas con precisión quirúrgica. No describen una realidad; construyen una percepción.
La operación es conocida en la historia política. Consiste en simplificar un problema complejo atribuyéndolo a un territorio específico y a quienes lo habitan. El resultado es una frontera simbólica donde un lado representa la civilización y el otro el riesgo.
Sin embargo, la realidad metropolitana es bastante menos cinematográfica.
Cada día millones de personas cruzan la General Paz para trabajar, estudiar, atenderse en hospitales, hacer trámites o sostener actividades económicas que hacen funcionar tanto a la Ciudad como a la Provincia. La frontera política existe. La frontera social no.
La Ciudad necesita del conurbano tanto como el conurbano necesita de la Ciudad.
Pero en tiempos electorales los puentes suelen rendir menos que los muros.
La paradoja de Jorge Macri
Hay un detalle que vuelve especialmente llamativa la estrategia.
Jorge Macri no llegó a la política desde Palermo ni desde Recoleta. Su carrera de gestión se construyó en Vicente López, un municipio bonaerense ubicado exactamente del lado de la General Paz que hoy utiliza como referencia para señalar problemas ajenos.
Durante ocho años gobernó uno de los distritos más emblemáticos del conurbano norte. Conoció sus dinámicas, sus tensiones y sus fortalezas. Conoció también la integración cotidiana entre Provincia y Ciudad.
Por eso la contradicción resulta inevitable.
Cuando se presenta al territorio bonaerense como una suerte de amenaza permanente, el relato termina chocando contra la propia biografía política de quien lo impulsa.
La pregunta entonces deja de ser si existe inseguridad. Porque existe y preocupa tanto en la Ciudad como en la Provincia.
La verdadera pregunta es otra: ¿se está intentando resolver el problema o convertirlo en una herramienta electoral?
La respuesta parece encontrarse en la insistencia del mensaje. Porque cuando un dirigente repite una misma escena una y otra vez, generalmente no está hablando del presente. Está hablando de la elección que viene.
Axel Kicillof se convirtió en el adversario ideal para esa construcción. Es el gobernador de la provincia vecina, concentra volumen político dentro del peronismo y aparece como una de las figuras con proyección nacional hacia 2027.
En términos de realpolitik, la ecuación es sencilla: confrontar con Kicillof permite ordenar identidad propia, movilizar votantes y disputar agenda pública.
La seguridad funciona entonces como argumento. El objetivo es político.
La ironía final es que mientras la campaña intenta convencer a los porteños de que la frontera está en la General Paz, la vida cotidiana sigue desmintiendo esa ficción cada mañana. Porque los trabajadores, los estudiantes, los comerciantes y los profesionales cruzan de un lado al otro sin preguntarse dónde termina la civilización y dónde empieza la barbarie.
Esa división existe sobre todo en los discursos.
Y los discursos electorales suelen levantar muros mucho más rápido de lo que la realidad permite sostener.




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