
Bullrich vació el operativo rescate de Adorni y empezó a disputar el centro del poder libertario
La ausencia de la senadora en las reuniones convocadas en Casa Rosada expuso una interna cada vez más profunda: detrás de la defensa del jefe de Gabinete ya no sólo se discute una interpelación, sino quién acumula poder real dentro del oficialismo y quién llega mejor posicionado a la próxima etapa política.
La escena tuvo algo de esas novelas políticas donde el problema nunca es el escándalo visible sino las reacciones que provoca. Mientras Manuel Adorni dedicaba buena parte de su jornada a recibir senadores oficialistas en la Casa Rosada para explicar su situación y ordenar la defensa parlamentaria de su cargo, la gran ausente fue Patricia Bullrich. Y en política, sobre todo cuando las fotos importan más que los comunicados, las ausencias suelen hablar más fuerte que las presencias.
Formalmente hubo razones de agenda. En los hechos, la decisión fue interpretada en casi todos los sectores del oficialismo como un nuevo mensaje dirigido al corazón mismo del poder libertario. Bullrich volvió a dejar claro que no está dispuesta a inmolar capital político propio para sostener a un funcionario cuyo desgaste crece semana tras semana y cuya permanencia se transformó en una cuestión casi personal para Javier y Karina Milei.
La paradoja es evidente. Cuanto más cuestionado aparece Adorni, más empeño ponen los hermanos Milei en sostenerlo. Y cuanto más empeño ponen en sostenerlo, más visible se vuelve el costo político de esa decisión.
La batalla detrás de la batalla
La discusión pública gira alrededor de la posible interpelación al jefe de Gabinete y de los mecanismos parlamentarios para bloquearla o demorarla. Pero debajo de esa superficie se libra una pelea mucho más relevante.
Lo que comenzó como una estrategia para proteger a Adorni terminó exponiendo una disputa por el control político del Senado y por la conducción futura de La Libertad Avanza.
Durante los últimos días, operadores cercanos al karinismo comenzaron a intervenir cada vez más activamente en negociaciones legislativas que históricamente orbitaban alrededor de Bullrich. El movimiento no pasó inadvertido. Tampoco fue interpretado como casual.
La lectura que circuló en distintos despachos fue sencilla: la Casa Rosada ya no confía plenamente en la capacidad de la senadora para ordenar el frente parlamentario y decidió construir canales propios de influencia.
La respuesta de Bullrich fue quirúrgica. No confrontó públicamente. No levantó la voz. No rompió. Hizo algo mucho más efectivo: dejó que el operativo salvataje de Adorni avanzara sin ella.
Y en un oficialismo construido alrededor de relaciones personales y lealtades, esa distancia tuvo un peso específico imposible de ignorar.
La situación quedó todavía más expuesta cuando varios senadores comenzaron a transmitir en privado su incomodidad con las reuniones convocadas desde Balcarce 50. Algunos consideraban innecesario el encuentro. Otros directamente cuestionaban que todo el esfuerzo legislativo del oficialismo estuviera concentrado en resolver la situación personal de un funcionario.
Porque el problema ya no es solamente Adorni.
La agenda legislativa prácticamente quedó congelada. Proyectos impulsados por el Ejecutivo, reformas pendientes y designaciones clave empezaron a quedar atrapados en una dinámica donde cada movimiento termina subordinado a la supervivencia política del jefe de Gabinete.
Y allí aparece el segundo fenómeno que preocupa al círculo presidencial: Patricia Bullrich empieza a comportarse cada vez menos como una simple aliada parlamentaria y cada vez más como una dirigente con volumen propio.
La ex ministra sabe algo que muchos libertarios todavía prefieren ignorar. En la política argentina, los liderazgos no se miden únicamente por los cargos que se ocupan sino por la capacidad de construir centralidad cuando los demás entran en crisis. Mientras Adorni pelea por conservar su silla, Bullrich acumula algo más valioso: gravitación. Por eso cada gesto suyo genera ruido. Por eso cada ausencia se convierte en noticia. Y por eso cada vez más dirigentes comienzan a mirar hacia dónde se mueve.
La batalla por la interpelación todavía no terminó. Tampoco está claro si el oficialismo conseguirá blindar definitivamente al jefe de Gabinete. Pero en los pasillos del poder ya empezó a instalarse otra pregunta mucho más incómoda para la Casa Rosada. No es cuánto tiempo más resistirá Adorni.
Es cuánto poder está dispuesto a ceder el mileísmo para salvarlo. Y si el precio de esa operación no termina fortaleciendo justamente a quien decidió quedarse mirando desde afuera.
Lo más inquietante para la Casa Rosada no era la aritmética parlamentaria sino la fotografía política que empezaba a consolidarse. Porque mientras el oficialismo contaba votos para salvar a Adorni, Patricia Bullrich acumulaba algo más difícil de conseguir: centralidad. Gobernadores, senadores dialoguistas, dirigentes del PRO y hasta sectores del peronismo federal comenzaban a observarla como una referencia inevitable dentro del tablero nacional. La ex ministra parecía haber comprendido antes que nadie que la discusión ya no giraba exclusivamente alrededor del futuro del jefe de Gabinete, sino alrededor de quién administrará el poder cuando el ciclo de épica libertaria empiece a ser reemplazado por la lógica más terrenal de la gestión. En ese contexto, cada movimiento de Bullrich adquiría un peso específico superior al de cualquier declaración pública. Mientras Karina Milei y su círculo intentaban cerrar filas alrededor de Adorni, la senadora dejaba correr el reloj. Y en política, cuando alguien deja correr el reloj, muchas veces no está esperando que el adversario se fortalezca. Está esperando que el desgaste haga el trabajo por sí solo.







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