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Mientras Occidente discute libertades, China avanza con límites severos al consumo digital de niños y adolescentes: prohibición de OnlyFans, recortes de tiempo en videojuegos y bloqueos a redes.
Cultura 16/07/2025
Por Camila Roncal (Periodista especializada en tecnología, ciencia y sociedad)
Refuerza límites a pantallas, juegos y redes sociales
Más allá de la autocracia, el debate de fondo es otro: ¿es saludable que menores vivan conectados a un flujo continuo de estímulos sexuales, adictivos y alienantes?
En China, el Estado no debate: impone. Siempre fue una civilización autocrática y colectivista. En nombre del bien común, regula con dureza. La última medida del gobierno de Xi Jinping fue el bloqueo total de OnlyFans, la plataforma de contenido por suscripción famosa por su perfil erótico. Con esto, Pekín refuerza su política de “tolerancia cero” frente al contenido sexual explícito. Pero la ofensiva digital no se detiene ahí. La Potencia Asiática avanza en una estrategia integral que incluye límites estrictos al tiempo de pantalla para niños y adolescentes, filtros para contenidos “no deseados”, y prohibiciones de videojuegos para menores fuera de ciertos horarios. Lo que para algunos es censura, para otros puede ser una política de salud pública con objetivos concretos: reducir la adicción digital, preservar la infancia y sostener cierto modelo de valores colectivos.
El caso chino incomoda porque tensiona una premisa central del pensamiento liberal: que toda regulación del contenido es, en principio, sospechosa. Pero quizás el problema no sea tanto quién lo prohíbe, sino qué estamos dispuestos a permitir cuando no lo hacemos. En las democracias de mercado, los algoritmos —no los Estados— diseñan la experiencia digital de niños y jóvenes, con lógica de maximización de atención, dopamina y consumo. Así, el acceso irrestricto a pornografía, juegos adictivos y redes sociales que monetizan la ansiedad adolescente es tolerado bajo la bandera de la libertad. Pero la pregunta se vuelve inevitable: ¿quién los protege en ese esquema?
Pekín impone restricciones severas: niños de menos de ocho años pueden usar pantallas apenas 40 minutos al día. Entre los ocho y los 16, una hora. Y los mayores de 16, hasta dos. Queda prohibido el uso de dispositivos entre las 22 y las 6, y todo contenido debe ser clasificado por edad y monitoreado por sistemas automatizados. El modo infantil es obligatorio en apps, dispositivos y tiendas virtuales. Los proveedores deben generar contenido con “valores socialistas fundamentales” y evitar la exposición a lo que consideran material perjudicial: desde entretenimiento vulgar hasta erotismo, pasando por influencers extranjeros.
Sí, el modelo es vertical, férreo, sin mediaciones ni deliberación social. Pero en su núcleo plantea un dilema que trasciende la forma política: ¿es deseable que un niño de 12 años tenga acceso irrestricto a contenido sexual o violento, pase cinco horas diarias en TikTok, juegue sin parar a videojuegos de recompensa rápida y duerma con el celular debajo de la almohada?
Tecnología, infancia y el derecho a no ser mercado
En Occidente, el modelo dominante se basa en la idea de autorregulación y responsabilidad parental. Pero la evidencia muestra que los adultos han perdido capacidad de mediación real. Los tiempos laborales, la penetración de dispositivos en la vida cotidiana, y la falta de acompañamiento estatal convirtieron a la crianza digital en un territorio abandonado. Y en ese vacío se instalaron las plataformas, que optimizan la captación de usuarios desde la infancia.
Según estudios recientes, la edad promedio de inicio en la pornografía online ronda los 11 años. Los videojuegos con lógica adictiva son utilizados desde los cinco. Y más del 60% de los adolescentes duerme con el celular encendido. En muchos casos, padres y madres también están absorbidos por las pantallas. La conexión sin límites se volvió un hecho natural. Pero natural no es sinónimo de sano.
China, con sus formas autoritarias, aplica una lógica inversa: asume que la tecnología debe adaptarse a la infancia, y no al revés. Restringe los estímulos, fija horarios, y castiga a las empresas que violen los marcos. En su racionalidad de Estado único, el control es una forma de intervención directa en la construcción de subjetividad. ¿Excesiva? Posiblemente. ¿Autoritaria? Sin duda. ¿Más protectora que el abandono liberal? Esa es la pregunta incómoda.
En las democracias, el debate sobre los efectos del porno, los juegos o las redes en la niñez existe, pero suele quedar subordinado al lobby empresarial, la corrección política o la impotencia regulatoria. Las plataformas argumentan que sus productos “no son para menores” mientras los algoritmos los detectan, los seducen y los monetizan sin freno. Ninguna empresa de redes ha sido penalizada en América Latina por generar daños psicológicos o adictivos en adolescentes. Ningún país tiene una política integral de restricción horaria efectiva. Ningún algoritmo fue juzgado por erosionar el desarrollo emocional de sus usuarios.
Entre censura y cuidado: ¿hay un punto medio posible?
La regulación extrema china no es un modelo exportable. Sus criterios son arbitrarios, su marco jurídico opaco, y su implementación no permite el disenso. Pero algo logra: reducir de forma significativa el tiempo que niños y adolescentes pasan frente a pantallas, limitar el acceso precoz a contenido sexual, y colocar en agenda la discusión sobre los efectos neuropsicológicos del entorno digital.
El problema es que, en el otro extremo, la inacción parece haber cedido el territorio por completo. Un menor puede acceder en segundos a escenas de violencia sexual explícita, participar en comunidades tóxicas de redes sociales o desarrollar adicción a videojuegos sin que nadie —ni empresa, ni Estado, ni familia— pueda intervenir a tiempo. Y cuando los síntomas aparecen, ya es tarde.
No se trata de aplaudir a China ni de justificar su control político. Pero sí de tomar nota de una evidencia: la infancia, expuesta a estímulos que su aparato psíquico no está en condiciones de procesar, necesita límites. Y esos límites no surgen espontáneamente. Requieren políticas públicas, regulación estatal, mediación adulta, y una idea de niñez como etapa protegida. La libertad de expresión no incluye el derecho a hacer marketing con la vulnerabilidad emocional de un menor.
Apagar no es censurar, es habilitar otra cosa
La tecnología no es el enemigo. Pero sí debe ser pensada con responsabilidad social. Apagar no es retroceder, es crear otras condiciones para que los chicos puedan jugar, imaginar, aburrirse, leer, construir vínculos sin pantallas de por medio. La desconexión parcial no es regresiva: es una forma de cuidar. Y en ese sentido, el debate que abre China, aun con sus formas cuestionables, interpela al mundo entero.
No se trata de imitar a Pekín, sino de hacernos cargo de lo que no hacemos. Porque cuando no regulamos, cuando no protegemos, cuando dejamos que los algoritmos decidan por nosotros, lo que se reproduce no es la libertad, sino el abandono.

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