
Macri y Larreta y un “feca” en clave posmilei

El dato es pequeño y enorme a la vez: un apretón de manos en Palermo entre Mauricio Macri y Horacio Rodríguez Larreta, dos que inventaron el PRO, fundaron Juntos por el Cambio y después se declararon incompatibles. La escena vale por el timing: el partido amarillo viene de perder bancas, desdibujarse en la boleta libertaria y discutir si seguir pegado a Milei o armar identidad propia. Que se vean, aunque sea cinco minutos, dice que la vieja guardia volvió a pensar en voz alta.
El tablero cambió con la derrota de Milei en provincia: el macrismo “puro” que se guardó para no licuarse y el macrismo que se subió al tren libertario quedaron parados frente al mismo espejo. Unos sienten que los usaron y los soltaron; otros descubrieron que el “prestigio de marca” no alcanza cuando el votante PRO percibe improvisación y listas ajenas. La cuenta es amarga: poco aporte neto, retroceso legislativo y el costo de haber nacionalizado batallas municipales que pedían quirófano, no motosierra.
Larreta se mueve con su libreto porteño y coquetea con alianzas más civilizadas para octubre. Macri, silencioso, mide precios y tiempos como en la vieja Boca: si hay clima de remontada, entra; si no, deja que los novatos sigan chocando. Cerca suyo repiten una frase que circula desde el domingo: “nos estafaron”. No es moralina, es política: creen que la sociedad con Milei les hizo perder identidad sin garantizar resultados. ¿La alternativa? Volver a ser PRO, con programa, territorialidad y candidatos reconocibles, y negociar de poder a poder con los libertarios, no de rodillas.
Mientras el PRO decide si se pone los pantalones largos, Santiago Caputo, el estratega de Milei que ahora pelea por su propia supervivencia pidió escupidera. El joven entendió que la gravitación real se llama Sebastián Pareja: 12 bancas, jefatura de campaña y control de la mesa bonaerense. Traducido: Karina Milei ganó la pulseada interna y el búnker de Reconquista 40 funciona como cuartel alternativo donde Santi recibe a medio sistema político para reunir volumen y pedir auxilio amarillo.
El movimiento es transparente: si el PRO presta músculo —fiscales, intendentes amigos, candidatos con apellido y voto propio— Caputo gana aire para discutirle territorio a la Hermanísima y, de paso, correr de la mesa a los que ya le marcaron la cancha. En paralelo, algunos radicales y peronistas curiosos pasan por Reconquista a tantear si existe una tercera vía para octubre o si todo será un ring a dos puntas entre Axel y el conglomerado libertario-restyling.
En el macrismo toman nota: Santilli, Finocchiaro, De Sensi y otros nombres del libro PRO pueden pagar el pato si el oficialismo nacional entra en barrena y los libertarios repiten domingo negro. Por eso la foto de Palermo importa: no es nostalgia, es señal al ecosistema. Si Macri y Larreta se hablan, hay posibilidad de coordinación; si cada uno juega su aventura, octubre puede ser un calvario y 2026, un páramo.
La rosca de fondo es sencilla de enunciar y difícil de ejecutar: ¿el PRO quiere volver a ser partido o seguirá de muleta? Ser partido implica plantarse frente a Milei con una oferta liberal-democrática, moderna, sin motosierra infantil ni populismo culposo. Ser muleta es aceptar que el Presidente define, Karina reparte, Santiago maquilla y el PRO pone la cara cuando hay que pagar la cuenta. El café de Palermo sugiere que al menos se abrió la discusión.
Del lado libertario, la novela es otra: Karina consolidó mando, Pareja creció en la provincia y Santi busca oxígeno fuera de la Casa Rosada. Si consigue que el PRO lo banque, podrá levar anclas y volver a hablar de estrategia sin pedir permiso cada mañana en San Telmo. Si no, quedará como estrella fugaz en un cielo que ya eligió constelación.






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