
El anarquismo verdadero

Nada de pavadas de mercado
La cuestión de la interacción multiforme no podría ser más crucial para comprender fenómenos psicológicos, culturales y económicos, pero es algo tan simple como observar el fascinante comportamiento colectivo de las bandadas de pájaros, bancos de peces o manadas de mamíferos. Por ejemplo, los estorninos formando patrones que nos parecen inesperados y, a la vez, familiares. Esas miles de motas negras moviéndose contra los colores mutantes del cielo, sin tocarse ni dispersarse, evitando obstáculos, separándose y reuniéndose para reconfigurar continuamente su disposición espacial que parece casi una sinfonía sin director.
Kropotkin concebía un futuro para las sociedades humanas que sería radicalmente revolucionario en el sentido más exacto de estas palabras: un movimiento hacia un punto de origen. En este caso, este punto no es histórico, aunque efectivamente tenga una historia, sino la base, el esquema primario de la sobrevivencia y la recreación humanas. Para un anarquista, la explicación de su propia perspectiva implica proponer y reformular objetivos prácticos. La revolución es también una serie de soluciones alternativas a los problemas laborales y de distribución de bienes de un sistema económico y social imperante. Para Kropotkin, los medios de producción no deberían ser una propiedad ni de un Estado filantrópico ni de monopolios privados, sino de cooperativas descentralizadas, individuos libres que se organizan en grupos pequeños y voluntarios que pueden retroalimentarse como una federación local, nacional y global con metas compartidas, algo no muy lejano a la Utopía de Tomás Moro. La producción debería garantizar la autosuficiencia de que cada región, cada célula de personas y cada individuo, un acceso a bienes de consumo desde almacenes comunales donde todos pudieran tomar lo que consideraran necesario. Esta ayuda mutua también podría asegurar la ocupación laboral y, a la vez, reducir el tiempo de trabajo por persona, entre cuatro y cinco horas al día, durante no más de veinte años.
Si hemos sobrevivido hasta ahora, es porque hemos colaborado. Kropotkin también fue un historiador que reconoció la ayuda mutua desde su primer atisbo en las sociedades del paleolítico, pasando por las primeras organizaciones agrarias, las aldeas y feudos medievales, y, finalmente, la asociación académica y el sindicalismo modernos. La cooperación supone una moral, tanto altruista, como de bienestar individual. Un fenómeno asombrosamente a prueba del tiempo e indispensable para selección evolutiva o coevolutiva reciproca. Deberes y derechos iguales según principios no de homologación, sino de equidad o de justo reconocimiento de las particularidades y de mejor distribución de los excedentes materiales. Pero sobre todo una consciencia ética sobre el realismo de lo orgánico. También una salida a las dinámicas de control del Estado y del capitalismo trasnacional, solo posible para una inteligencia valiente y coevolutiva, de todas y todos como despliegue del cambio.





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