Leila Gianni, la peronista libertaria que va por La Matanza

Su pasado K, su paso por el macrismo y su salto final a la trinchera violeta incomodan a propios y ajenos. Pero mientras en redes la tildan de traidora, Leila Gianni se asegura un futuro: concejalía garantizada y banca para lo que venga, con o sin Milei. Ella fue afortunada y quedó afuera de la “meada”.
Política 22/07/2025
nota unica

No es nueva. No es outsider. Y definitivamente no es libertaria en el sentido místico que le gusta a Karina Milei. Leila Gianni es otra cosa: es una pragmática de la política, una que ya entendió que la ideología es el maquillaje que se borra en cada elección y que el poder —como el buen perfume— se huele antes que se ve.

Por eso no sorprendió a nadie que, a horas de anunciarse su candidatura como primera concejal por La Libertad Avanza en La Matanza, las redes ardieran con capturas de su pasado: abrazada a Massa, gesticulando con la V de la victoria, leyendo a Perón. Un archivo que no niega ni esconde. Lo lleva como quien lleva una cartera costosa pero ajada: puede estar vieja, pero sirve, y da status.

Lo que sí sorprendió fue que su salto al ring libertario se hiciera desde adentro del propio Estado, dejando el escritorio de subsecretaria en Capital Humano para “salir al territorio” en nombre de la batalla cultural. O eso dice. Porque lo que realmente hizo Gianni fue moverse a tiempo: antes de que la interna entre Pettovello y los leones explote en mil pedazos, ella ya tenía reservado su refugio territorial. Y no cualquier refugio: La Matanza, el bastión que todos prometen “liberar” pero que sólo los que entienden el peronismo de verdad pueden habitar.

 

El pase sin escalas: de Cristina a Karina

Leila Gianni tiene 40 años y una carrera marcada por su versatilidad institucional. ANSES, INTI, Ministerio de Justicia, Capital Humano… cada gestión la tuvo. Kirchnerismo, macrismo, libertarismo. A la hora de la verdad, da lo mismo. Lo suyo no es la doctrina, es la función. El arte de ubicarse donde hay margen para crecer.

Y esa cintura política, lejos de ser un pecado, es su mayor capital. Porque mientras algunos gritan “casta” desde los márgenes de X, Gianni se asegura un sillón en el Concejo Deliberante. ¿Quién le quita lo bailado? ¿Quién más podría plantarse en La Matanza, tildar de “pendeviejo bolichero” a Fernando Espinoza y salir airosa con el like presidencial de fondo?

Porque sí: el mismísimo Milei compartió su frase filosa como quien aprueba una travesura. Leila, la mala del cuento para los libertarios puros, ya es parte del inventario violeta.

 

¿Peronista? Obvio. Pero aggiornada.

No hay que confundirse. El perfil mediático, el cruce con curas villeros, la retórica moralista: todo eso es show. Gianni es, en el fondo, peronista. No por nostalgia sino por instinto de supervivencia. Porque sabe que en el conurbano el que no hace política territorial no existe. Y que gritar “viva la libertad, carajo” no alcanza para controlar una mesa de fiscalización en Laferrere.

Por eso pacta. Por eso gestiona. Por eso incomoda. Mientras los libertarios puros se pelean por un micrófono en Crónica, ella habla con punteros, se mete en las comisarías, recorre barrios. No busca evangelizar, busca instalarse. Que la conozcan. Que la respeten. Y si pueden, que la teman.

En eso, sí, es 100% peronista. En la comprensión profunda de que la política no se hace con principios, se hace con estructura. Y que, ante la duda, es mejor tener una concejalía que un millón de likes.

Mientras los libertarios orgánicos se quejan de que la nave insignia se llenó de infiltrados, Leila Gianni ya repartió su foto de campaña, se calzó el chaleco violeta y se anotó en la rosca que de verdad importa: la del territorio. Si Milei cae, ella ya tiene banca. Y si Milei sobrevive, tendrá oficina. Porque en el fondo, los libertarios —como los progres, los troskos o los radicales— también terminan pactando con el peronismo cuando se trata de ganar. Y Leila lo entendió antes que todos.

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Destratado por los Milei, asume como senador. Conserva la botonera del municipio y observa la política con el pase en la mano mientras se desploma Stellantis, la principal automotriz del distrito.