El superávit se evapora ante Brasil y China

Mientras el dólar barato alimenta la ilusión de estabilidad, las importaciones desde China y Brasil se disparan y se llevan la mayoría de los dólares que entran al país. El superávit comercial cayó un 74% en silencio.

Actualidad25/07/2025
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El primer semestre del año cerró con un dato que, a primera vista, parece positivo: superávit comercial de 2.788 millones de dólares. Sin embargo, detrás de esa cifra se esconde una tormenta que ya está haciendo crujir los cimientos de la balanza comercial argentina. 

 

En apenas doce meses, el excedente cayó un 74%. Y los dólares, en lugar de quedarse para potenciar la producción o robustecer las reservas, se están yendo sin hacer ruido en barcos llenos de productos importados, especialmente de China y Brasil.

 

El número que hay que mirar no es el saldo, sino la dinámica: mientras las exportaciones crecieron apenas un 4%, las importaciones treparon un 34%. Esa diferencia explica los casi 8.000 millones de dólares que se esfumaron entre lo que vendimos y lo que compramos. 

 

La principal causa: un tipo de cambio artificialmente bajo que funciona como subsidio oculto al consumo importado y a los países exportadores que aprovechan para vendernos más.

 

China y Brasil son los grandes beneficiados. El gigante asiático aumentó sus envíos a la Argentina un 79%, alcanzando los 8.297 millones de dólares en productos colocados en el país. Brasil, nuestro socio regional, vendió por 9.306 millones, un 50% más que en 2024. Entre ambos, explican un déficit de 8.526 millones de dólares. 

 

En otras palabras: lo que entra por exportaciones se va por la puerta trasera en forma de celulares, autos, electrodomésticos y alimentos empaquetados.

 

En los anaqueles del supermercado y en las góndolas de tecnología ya se puede ver parte de esta película. Algunos dirán que se trata de un sinceramiento del comercio exterior, tras años de cepos y trabas. Pero lo que está sucediendo hoy no es una normalización, es un drenaje. Buena parte del crecimiento importador no está relacionado con la inversión ni con el desarrollo productivo, sino con un boom de bienes de consumo que responden a una apertura abrupta, sin redes, y a un peso sobrevaluado que premia al que trae de afuera.

 

El modelo económico que se está ejecutando hoy convierte a la Argentina en un mercado fácil para excedentes asiáticos y brasileños. Al no existir un esquema que defienda la industria nacional ni promueva exportaciones con valor agregado, lo que se logra es lo contrario: se castiga al productor local y se estimula la salida de divisas para sostener una falsa sensación de abundancia en las góndolas.

 

El argumento de que el país venía de años con importaciones reprimidas no puede justificar una suba tan explosiva. Mucho menos cuando las exportaciones apenas si logran mantenerse. La relación es simple: si entran dólares por exportaciones pero salen más por importaciones, la cuenta no cierra. Ni macroeconómica ni políticamente.

 

Desde la lógica del mercado externo, Argentina está “cara” en dólares. Para el que vende al país, eso es un premio. 

 

Para el que quiere producir y competir desde adentro, es una condena. Lo que se presenta como estabilidad es, en realidad, un espejismo sostenido con ingreso de deuda y dólares financieros que, tarde o temprano, terminan por encarecerse o desaparecer.

 

Este esquema de subsidio al consumo importado, sostenido con un dólar planchado y sin anclas productivas, no puede sostenerse mucho tiempo. Ni el superávit resiste, ni las reservas aguantan, ni la industria sobrevive. Cuando la ficción cambiaria se quiebre, quedará al descubierto que lo que parecía normalización era, en realidad, el preludio de otra crisis externa anunciada.

 

En el silencio de los números, mientras el relato de la eficiencia se impone, la realidad marca otra cosa: el superávit ya no está, pero tampoco quedaron los dólares. Se los llevaron las barcazas que vienen del Pacífico y del Mercosur, cargadas de mercancía y vacías de futuro. La Argentina de las cuentas ordenadas empieza a parecerse demasiado a la del despilfarro encubierto. 

 

Y como siempre, cuando se apaguen las luces del espectáculo importador, lo que quede será la cuenta por pagar.

 

 

 

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