
EEUU busca el uranio argentino para negociar con China

Las potencias “arreglan” nosotros sufrimos
Ni Milei ni Caputo están diseñando una nueva doctrina de política exterior: están sobreviviendo. En esa supervivencia, Estados Unidos vio una puerta abierta. Washington necesita materias primas, pero también instrumentos de presión en su pulseada con China. De eso trata el acuerdo del uranio: no de ideología, sino de fichas de negociación.
El Tesoro norteamericano ofreció ayuda y acceso financiero con letra chica: empresas estadounidenses en la explotación del uranio argentino y en la cadena nuclear civil. A cambio, Milei obtiene respaldo político y un poco de oxígeno. El gesto suena a alianza estratégica, pero huele a negocio de oportunidad.
Estados Unidos no solo busca energía: busca encarecerle el tablero a China. Cada tonelada de uranio, cada proyecto vetado a Huawei o a las constructoras chinas, es una forma de subirse el precio antes de pactar. Porque el final de esta novela ya se conoce: van a arreglar. La pelea es un acting necesario para que ninguno llegue débil a la mesa.
En ese juego, Argentina aparece como un territorio de ensayo. Por todo lo que tiene: uranio, litio, agua, tierras raras, conocimiento nuclear. El uranio sirve tanto para energía como para diplomacia: no por nada Argentina se mantiene dentro del club de potencias nucleares civiles. Pero eso también la hace vulnerable. Lo que EE. UU. llama “estabilizar la Argentina” es, en realidad, ponerle nombre propio a los contratos.
La geopolítica no se escribe en comunicados, sino en planillas de Excel. Washington presiona, China financia, y el Gobierno firma. Mientras tanto, los dos gigantes negocian aranceles, tierras raras y cuotas de exportación. Lo que para ellos es bargaining, para nosotros es pérdida de activos estratégicos.
La historia se repite con otro maquillaje: ayer fueron los ferrocarriles, hoy son los minerales. El discurso del “mundo libre” y la “lucha contra la influencia china” solo traduce una pelea comercial entre socios que se necesitan. Ninguno quiere destruir al otro, quieren negociar desde la fortaleza.
La ironía es brutal: cuanto más se enemistan, más se enriquecen. Las sanciones y restricciones son parte del mismo teatro: uno bloquea exportaciones, el otro sube aranceles, y ambos se sientan después a acordar nuevas reglas. Mientras, las economías periféricas venden su subsuelo para mantener la ficción de pertenecer a uno de los bandos.
Milei no juega a dos puntas. Hace lo que puede con lo que tiene: ofrece lo único que el país todavía vale en el mapa global, sus recursos naturales. Lo hace sin plan, sin estrategia, sin red. Para Washington, somos un peón útil; para Pekín, un proveedor incómodo; para nosotros, un país cada vez más liviano en soberanía.
La supuesta “batalla por la libertad global” es apenas una licitación. En el fondo, los dos imperios ya saben que van a firmar un acuerdo. La diferencia será el precio, y ahí es donde la Argentina queda como el rehén que paga el almuerzo sin haber sido invitado.
Porque la pelea no es ideológica: es comercial, y entre bueyes no hay cornadas. El único que termina sangrando, como siempre, es el que entrega el campo para que otros negocien la cosecha.



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