La soledad en las grandes ciudades, la enfermedad del siglo XXI

La soledad se está convirtiendo en una terrible plaga que azota la sociedad contemporánea. En España casi dos millones de ancianos viven solos, y numerosos estudios demuestran que los ancianos que viven solos presentan una peor salud y una mayor insatisfacción vital.
Cultura 01/10/2024
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Sin embargo, la soledad no sólo afecta a los ancianos, cada vez son más las personas de otras edades, incluso muy jóvenes, que padecen los efectos de esta epidemia contemporánea. Las jornadas laborales interminables, las enormes distancias y los múltiples compromisos nos aíslan de nuestros semejantes y dificultan las relaciones interpersonales. En las grandes ciudades muchos de nosotros no conocemos ni siquiera a nuestros vecinos. En plena era de la hiperconexión digital las personas con las que vivimos puerta con puerta suelen ser unos completos desconocidos. Cada vez son más frecuentes las noticias de ancianos que aparecen muertos en sus viviendas, completamente solos, días o incluso semanas después de su fallecimiento, presas del manto oscuro de la soledad y de la indiferencia de una sociedad cada vez más deshumanizada e insensible.

Sentirse solo es una sensación angustiosa. Todos necesitamos compartir nuestro tiempo con alguien, ser escuchados y sentir que importamos a alguien. Se calcula que en las grandes urbes mundiales 1 de cada 5 personas vive sola y sin que haya sido decisión propia. El riesgo de sentirse solos es a menudo mayor entre las mujeres, en las personas mayores de 65 años, en las personas de nacionalidad extranjera, en las personas que viven solas y en las personas que no tienen pareja, viudas o separadas. Son datos que sin duda nos deben preocupar y que nos alertan de la envergadura del problema que supone la soledad para millones de personas de todo el mundo, especialmente en las grandes ciudades.

De los 7.000 millones de personas que habitamos el planeta, 450 millones viven en tan solo 28 ciudades, es decir, el 6,4% de la población mundial vive en estas megaurbes. Pero se calcula que para el año 2050 el porcentaje de la población que habitará en las grandes ciudades alcanzará el 66%. Entre esas megaurbes figuran entre otras, Tokio, Guangzhou, Shangai, Yakarta, México D.F., Delhi, Seúl, Karachi, Manila, Londres, Bombay, París, Lagos o Sao Paulo. Estas megaurbes superan en su mayoría los 20 millones de habitantes y en sus calles es prácticamente imposible encontrarse con un amigo, un familiar o un conocido. Pese a estar rodeados de miles de personas, y en plena era de Internet, muchos de sus habitantes suelen vivir aislados, inmersos en sus pensamientos, incomunicados, refugiados en sus móviles, sin relacionarse con otras personas durante días.

En Reino Unido, en 2016 la Comisión Jo Cox, que debe su nombre a una política laborista que fue asesinada por un ciudadano británico de 52 años perteneciente al grupo neo-nazi National Alliance que gritó «Britain First» mientras la mataba, publicó un Informe sobre la Soledad que alcanzó repercusión mundial. El llamado Informe Jo Cox reveló que la soledad está asociada a la depresión, la ansiedad y la demencia y a ciertas enfermedades cardiovasculares. Según el Informe, la soledad puede “tener las mismas consecuencias para la salud que fumar 15 cigarrillos al día”. Otro dato devastador concluye que en Reino Unido más de 200.000 personas mayores no suelen hablar con nadie durante períodos que superan un mes. A raíz de sus conclusiones, en enero de 2018 la primera ministra Theresa May anunció la creación de un organismo público que se dedicara a atajar el problema de la soledad – el llamado Ministerio de la Soledad -, un problema que afecta ya a más de 9 millones de personas en Reino Unido. Al frente de este organismo Theresa May situó a la joven política conservadora Tracey Crouch.

Sin duda la soledad es un fenómeno complejo, que debe analizarse desde múltiples ángulos, pero en ningún caso la sociedad debe permanecer de brazos cruzados ante esta epidemia social. La soledad nos afecta a todos y todos debemos combatirla: organismos públicos, empresas, partidos políticos, ongs, sindicatos, asociaciones profesionales, ciudadanos, etc. Sin una estrategia coordinada será imposible acometer todas las acciones que son necesarias para acabar con esta lacra social. Los perfiles de las personas que afirman sentirse solas son muy variados. El aumento de los hogares unipersonales, el descenso de la natalidad, el desempleo, los nuevos modelos familiares, o la tendencia a mantener relaciones menos vinculantes está configurando una nueva sociedad donde la soledad ha encontrado un excelente caldo de cultivo y donde puede manifestarse a través de rostros inesperados. La sensación de soledad no entiende de sexo, edad o clase social, incluso hay casos de niños o adolescentes que padecen soledad crónica y severa, aunque el colectivo más castigado por esta epidemia social son los ancianos, que en muchos casos viven solos sus últimos años y mueren solos.

 

Hiperconectividad

Lo que hoy se plantea es por qué avanza la soledad en las grandes ciudades, cada vez más pobladas y, precisamente, en la era de la hiperconectividad. Paradójicamente, este podría ser uno de los detonadores, según un estudio de la Universidad de Pittsburgh, que concluye que, especialmente en la generación millennial, el uso intensivo de Facebook o Twitter lleva al aislamiento social. «No es verdad que las redes sociales nos estén separando», rebate Elena Martínez, socióloga de Latitud 40, un estudio de arquitectura, urbanismo y desarrollo social. «Hay que buscar el origen de este fenómeno en nuestra forma de producir, a la que nos ha llevado el capitalismo. Nos consume un montón de tiempo en asuntos que no tienen que ver con la vida afectiva, y nos deja poco espacio para las relaciones. Y esto se visibiliza más ahora porque tiene especial incidencia en las clases medias de las grandes ciudades. Los obreros pobres del siglo XIX tampoco tenían tiempo para las relaciones, pero no importaban a nadie». Según Martínez, las condiciones de vida actuales de la clase media han empeorado, en gran parte, por el ritmo frenético que nos impone nuestro trabajo, nuestro medio de vida. «En ese contexto las redes sociales no son culpables, sino consecuencia y, en parte, solución: no es que nos relacionemos menos porque pasamos tiempo delante de Facebook, sino que hay menos tiempo para contactar con gente, y por eso nos comunicamos por las redes sociales».

 

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