¿Hay que acelerar la tecnología?

Durante el siglo XX, la cultura se vio presionada por una suerte de determinismo tecnológico.

Actualidad 22/05/2024
NOTA

Por Alejandro Massa Varela

 

Esa era la visión pesimista de Walter Benjamin sobre el arte condicionado por la reproducibilidad de los sistemas administrativos y financieros, las herramientas médicas, la ingeniería genética y la propaganda que es una técnica más de comunicación. Las inteligencias artificiales del siglo XXI cambian aún más el presente de hoy mirando el ayer.

Somos testigos de una tercera guerra mundial en partes y no confesada en esta tercera década del tercer milenio. La hipótesis de Francis Fukuyama sobre el fin de la Historia y un mundo “unipolar” americanizado ha resultado un mito secular desmentido. Potencias de ayer apresuradamente descartadas y potencias emergentes son focos competitivos por una influencia geopolítica y económica que incluye al devenir tecnológico de las inteligencias artificiales. Fukuyama solo dio al clavo sobre el advenimiento de este monopolio de lo impersonal: el neoliberalismo como una economía de la lógica, restringida a la tecno-logia.

¿A dónde nos dirigimos? ¿Hacia dónde nos dirigen a toda velocidad? El filósofo hongkonés Yuk Hui es sorprendentemente optimista en sus análisis al concluir que es más lo primero que lo segundo, incluso previendo algo como que las superinteligencias tecnológicas remplazaran de manera eficiente a los gobiernos autócratas y democráticos. El futuro horizonte de la singularidad transhumanista es correr hacia algo hasta ahora desconocido.

Esto sigue siendo apocalíptico por invitarnos a avanzar ciegos y a toda prisa. Sin embargo, Hui no ve un problema en una mirada escatológica, a la que nos ha desacostumbrado el protestantismo secularizador ligado al desarrollo de las sociedades individualistas de mercado, como criticó Max Weber. El peligro sería un reino futuro de homogenización, pero es posible que las nuevas cosas no sean últimas, un punto final eterno de los privilegiados, sino una “tecno-biodiversidad”, una recuperación de diversidad tecnológica y de pensamiento:

Mi propuesta es pensar, a través de la diversidad tecnológica y las variedades artísticas, cómo nuestra experiencia en la Tierra podría ayudarnos a transformar la tecnología.

No hace falta hacernos la pregunta clásica de si el cine y la fotografía son arte o no. Más bien, preguntémonos cómo la tecnología transforma la naturaleza del arte.

La técnica es el conjunto de medios maquinales, pero esta mediación se trata de algo tan íntimo que, para Hui, termina por ser “encarnacionista”, nos da y toma cuerpo redefiniendo precisamente toda encarnación. El teólogo, sociólogo y anarquista francés Jacques Ellul pensaba también que la técnica se apropia de lo corporal, pero veía esta conclusión de manera mucho más pesimista, quizá como aceptar sangre artificial para la civilización moderna. Desde su punto de vista, si bien ninguna técnica es intrínsecamente mala, al volverse tecnología, se reconoce como una fuerza “autoalimentaria” que diseña al mundo en sus propios términos, su mundo:

Se ha convertido en una realidad en sí misma. Ya no es sólo un medio y un intermediario. Es un objeto en sí misma, una realidad independiente con la que debemos contar.

Desde la crítica anarquista a los efectos de la división del trabajo y de los recursos, Ellul fue uno de los primeros analistas en advertir un problema preocupante en la creciente dificultad para distinguir entre efectos malos y buenos de la tecnología. Hoy solo hay efectos que sirven a su continuidad, cuando antes todas las tecnologías eran disruptivas:

La técnica no tolera ningún juicio desde fuera y no acepta limitaciones.

Hui cree, no obstante, en una “tecnodiversidad”. A diferencia del tradicionalismo que reivindica la identidad, la tecnología puede usarse para rescatar formas históricas e historiales del conocimiento, fragilizadas por la modernización homogeneizante:

El conocimiento indígena no puede usarse para fabricar una máquina. No se trata de preservar el conocimiento local en un museo, sino de tratar de entender qué tan relevante es para lo que estamos haciendo hoy, cómo ayuda a entender la tecnología. No podemos permitir que la razón económica y el individualismo dominen nuestro uso de la tecnología. Estudiemos formas de desarrollar alternativas que sirvan a la comunidad.

El problema para Ellul no era si la tecnología puede ser “heterogeneizante”, sino si termina por volvernos asintotáticos al mundo y a nuestra encarnación, como almas descorporalizadas moralmente que dejan de participar de la escatología del bien y del futuro. Esto no podría ser una heterogeneidad ni buena ni deseada ni personal.

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