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El proyecto de Javier Milei representa una paradoja histórica en la política argentina contemporánea. Electo como outsider libertario, su praxis refuerza una concentración vertical del poder en el Estado que contradice su ideario anarcocapitalista. Argentina vive hoy bajo un experimento de gobernabilidad de alto riesgo.
Actualidad15/07/2025Por Mariano Seco (Analista Político)
Javier Milei irrumpió en la escena política argentina como una figura disonante. Economista de formación, polemista mediático y divulgador de la Escuela Austríaca, supo canalizar el malestar social de una ciudadanía hastiada del sistema político tradicional. Su elección como presidente en diciembre de 2023 fue un fenómeno que resultó altamente sorpresivo: un personaje sin estructura partidaria, sin gobernadores propios, sin experiencia de gestión ni alianzas estables, accedía al cargo político más alto del país mediante una retórica de demolición institucional. Hasta ahí, su figura encarnó un acontecimiento imprevisible que reconfiguró las expectativas previas.
Milei se posicionó como un apóstol del anarcocapitalismo. Siguiendo la tradición de Murray Rothbard, propuso una visión radicalmente individualista de la sociedad, en la que el mercado es la única institución legítima y el Estado, una organización criminal que debe ser eliminada. “Prender fuego el Banco Central”, “cerrar ministerios” y “destruir a la casta” fueron más que slogans: constituyeron una declaración de guerra contra el Estado argentino.
Desde su primer día en la presidencia, Milei dejó en claro el tenor de su gobierno. Se rodeó de figuras inicialmente ajenas a su espacio -incluso de la misma “casta” política que había demonizado- para otorgarles puestos clave. Necesitaba experiencia para manejar la maquinaria estatal que hasta ayer criticaba. Así, nombres de la vieja guardia liberal-conservadora llegaron al gabinete: la exministra Patricia Bullrich en Seguridad, el economista ortodoxo Federico Sturzenegger en un área de “Desregulación”, luego convertida en ministerio y, como estrella, Luis Caputo en Economía. Muchos de ellos provenían de gobiernos neoliberales previos (Menem, De la Rúa, Macri).
La contradicción era evidente. El líder que llegó acusando de inútiles y corruptos a los políticos tradicionales tuvo que apoyarse en ellos para gobernar. La campaña anti política chocaba con las urgencias de la cruda realpolitik: armar una administración funcional. Milei, el representante “anti casta”, se miraba en el espejo de la presidencia y veía detrás suyo a los mismos de siempre.
Ese choque entre ideario y realidad definió los primeros pasos de su mandato. En su discurso inaugural invocó una revolución liberal, jurando “por Dios” destruir el “Estado elefantiásico” y liberar las fuerzas del mercado. Max Weber sostenía que el Estado es ante todo la “comunidad humana que reclama con éxito el monopolio de la violencia legítima”; Milei asumió ese poder coercitivo con fervor casi místico, pero llegó no para construir Estado, sino para demolerlo desde adentro.
El Estado ¿qué Estado?
Siguiendo los términos del sociólogo británico Michael Mann, Milei aspiraba a un Estado infraestructuralmente débil pero despóticamente fuerte. Es decir, un Estado con poca capacidad para brindar servicios o canalizar demandas sociales, pero con mano dura para imponer desde arriba las nuevas reglas de juego.
Esta distinción entre poder despótico (la capacidad de la élite gobernante para decidir e imponer sin negociar con la sociedad) y poder infraestructural (la capacidad del Estado para implementar efectivamente sus decisiones y servir a la sociedad) resulta iluminadora para entender el experimento mileísta. El Estado argentino experimenta una hipertrofia del poder despótico y una deflación pornográfica de su poder infraestructural.
Al inicio de su gestión, mediante una rígida ortodoxia fiscal, aplicó una devaluación del peso de más del 120%, una medida que produjo una masiva transferencia de recursos desde los salarios hacia los sectores exportadores y dolarizados. También cortó la asistencia financiera a las provincias, negándose a renegociar deudas provinciales o a enviar los fondos previstos por ley, asestando un duro golpe al federalismo fiscal. Así, Milei concentró poder en el Ejecutivo a costa del Legislativo.
Pero Weber recordaría que la eficacia depende de la legitimidad; y aquí, la legitimidad comenzaba a estar en entredicho. Como advierte el alemán, el liderazgo carismático necesita éxitos continuos para mantenerse. Cuando esos logros no llegan, o cuando el carisma debe institucionalizarse, comienza su desgaste, y esa energía original se disipa. La lógica amigo-enemigo se había impuesto: cualquier opositor en las calles era tratado como enemigo interno. De esta manera, Milei reforzaba el Leviatán policial a la vez que dinamitaba puentes con amplios sectores sociales.
Ahora...un Leviatán libertario es una criatura curiosísima: reduce escuelas, ministerios y programas sociales a cenizas en nombre de la libertad individual, pero al mismo tiempo despliega policías con casco y escopeta en las plazas para acallar la protesta colectiva. El resultado es un Estado que no organiza ni integra, sino que castiga y reprime.
Antecedentes complicados
Tomando en cuenta lo expuesto hasta aquí, aparecen serios interrogantes. La historia sudamericana reciente enseña que los gobiernos que aplican ajustes extremos bajo condiciones políticas frágiles suelen caminar por la cornisa. En este sentido, la politóloga norteamericana Kathryn Hochstetler identifica las causas que explican por qué algunos presidentes sudamericanos fueron desafiados o forzados a dejar el cargo antes de completar sus mandatos. Su estudio se basa en un análisis empírico de 40 presidencias desde 1978 hasta 2003.
La autora concluye que existen cuatro factores estructurales que explican esos desenlaces: la implementación de políticas económicas neoliberales: los presidentes que adoptaron reformas orientadas al mercado fueron más propensos a enfrentar desafíos. Estas políticas generaron conflictos sociales que, en algunos casos, se transformaron en demandas para que los presidentes renunciaran; la implicación personal en escándalos de corrupción: el vínculo directo del presidente en estos casos aumentó significativamente la probabilidad de ser desafiado o destituido; la falta de mayoría parlamentaria: los presidentes que no contaban con una mayoría legislativa enfrentaron mayores dificultades para gobernar y fueron más vulnerables a desafíos políticos, y, por último, las protestas callejeras masivas: la presencia de movilizaciones sociales demandando la renuncia del presidente fue un factor crucial en la caída de varios mandatarios. La autora destaca que, en todos los casos de caídas presidenciales, hubo participación de la sociedad civil en las calles.
Cuando algunas de estas variables convergen, el sistema presidencial se transforma en una trampa: el presidente concentra formalmente el poder, pero no tiene herramientas reales para sostenerlo. Lo curioso del gobierno de Javier Milei, es que las cuatro condiciones estructurales identificadas por esta académica como factores explicativos de las caídas presidenciales están presentes, en distintos grados y combinaciones.
Desde su asunción Milei impulsó un paquete de reformas ultraliberales, que incluyen devaluación abrupta, ajuste fiscal draconiano, recorte de subsidios, eliminación de ministerios y privatizaciones masivas.
La tercera condición a tener en cuenta es la falta de mayoría parlamentaria. La Libertad Avanza cuenta con apenas 38 diputados sobre 257 y 7 senadores sobre 72. No tiene gobernadores propios ni una coalición orgánica. Pero hasta el momento la estrategia del presidente fue, en vez de construir consensos, gobernar por decreto, confrontando al Congreso.
Por último, la existencia de protestas sociales masivas. Desde los primeros meses de gobierno, se registraron múltiples y numerosas movilizaciones sectoriales (sindicatos, universidades, piqueteros, jubilados, estudiantes, médicos). Se destacan el paro general del 24 de enero de 2024; la marcha federal educativa en abril (más de 800 mil personas); la protesta federal contra el ajuste a las provincias (junio de 2025); los cacerolazos espontáneos en grandes ciudades por subas de tarifas, y, recientemente, la marcha hacia la Plaza de Mayo en protesta por la detención de la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner.
En conclusión, existe hoy un alto riesgo de colapso presidencial. En un contexto semejante, cualquier evento disruptivo (como un escándalo de corrupción, una represión violenta, una crisis externa), podría hacer que la probabilidad de una caída anticipada se eleve considerablemente.
Milei podría terminar siendo otro capítulo en la crónica latinoamericana de caídas presidenciales anticipadas, pero Argentina es tierra de sorpresas. Ese mismo personaje estrafalario que rompió todos los moldes al llegar al poder podría aún resistir contra viento y marea. Si Milei consigue surfear la recesión, si algunas inversiones extranjeras significativas alentadas por su giro promercado llegaran a tiempo para dar un respiro, si logra dividir a la oposición con alguna jugada audaz, quizás el Leviatán libertario siga en pie, más allá de lo previsto. El concepto de “cisne negro”, propuesto por Nassim Taleb, refiere a eventos altamente improbables que tienen consecuencias de alto impacto y que sólo se explican retrospectivamente. La eventual permanencia del gobierno podría representar uno de estos casos, ya que, si finalizara su mandato, a contracorriente de la evidencia empírica, sería considerado una anomalía estadística.
Pero también podría tratarse de un final anunciado. La historia regional muestra que los presidentes que confrontan simultáneamente con todos los actores del sistema suelen caer. La pregunta es si una potencial caída implicará un estallido social, un juicio político, un crac financiero o una lenta, pero manifiesta pérdida de legitimidad.
Por lo pronto, claro...el final está abierto, y nuestro querido país, para bien o para mal, nunca deja de desafiar los libretos preestablecidos.
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